Me cuesta no comprar amor. Me cuesta no intentar regatearlo en las esquinas de las miradas ajenas, no prometer más de lo que tengo solo para que alguien finja que me quiere diez minutos más. Me cuesta no amar a nadie, ni siquiera a mí mismo. Y, sobre todo, me cuesta recordar en qué momento exactamente creí haberlo hecho.
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Quizá fue un error de cálculo. O un autoengaño elegante. Pero lo cierto es que durante años los amores suicidas me buscaron como sabuesos hambrientos. Y yo —con una docilidad casi poética— siempre me dejé morder.
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Hay algo en la sangre de quien se sabe irremediablemente solo que atrae a las bestias con nombres de caricias.
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He amado a destiempo, a deshora, a desganas.
He besado manos rotas y gargantas ajenas.
He firmado pactos en servilletas de bar.
Y cada “te quiero” sonaba más a epitafio que a promesa.
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El amor me encontró siempre mal vestido, con las uñas sucias y los bolsillos llenos de miedo. Y yo, por no quedarme a solas, pagué el precio sin discutir la factura.
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Después descubrí —con una lucidez insoportable— que los sabuesos no eran los demás: era yo. Mi propia manada de fantasmas disfrazados de amantes, lamiendo mis heridas y dejándome a la intemperie en cada despedida.
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Hoy practico un estoicismo defectuoso: no llamo a nadie, no ruego por nada, no me regalo a quien no sabe ni recibirse a sí mismo. Pero todavía me cuesta. Porque el corazón tiene esa grosera costumbre de recordar incluso a quien no lo merece.
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Y aunque ahora camine solo, siempre escucho, en algún rincón de mi cabeza, el eco burlón de todos esos amores suicidas que me ladran desde la distancia.
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Si alguna vez los ves rondando por ahí —con su aliento dulce, su mirada herida y sus colmillos escondidos— no los sigas. No los alimentes. No los adoptes.
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Yo ya aprendí que los sabuesos del amor maldito siempre acaban devorando la mano que los acaricia.
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Pero qué diablos…
—dijo el poeta que aún me habita—
prefiero que me muerdan otra vez a vivir sin cicatrices.






