Existen lectores que comprenden un texto. Y existen otros que alcanzan el ámbito originario desde el cual ese texto ha sido concebido.
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En 2013 tuve el privilegio de compartir con Aitana Alberti la presentación de mi poemario Domos Magicvs, prologado por César López, Premio Nacional de Literatura 1999 y editado por el poeta Alberto Marrero, en el marco de mi exposición Yo también sueño con serpientes. Aquella tarde también nos acompañaban Pablo Armando Fernández, Premio Nacional de Literatura (1996), y la entrañable Lina de Feria, quien años más tarde recibiría ese mismo reconocimiento (2019). Más que la presentación de un libro, fue un diálogo entre distintas generaciones de la poesía, un espacio de confluencia donde la palabra adquiría su dimensión más plena.
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Fue Aitana quien recitó entonces uno de los poemas del libro, titulado «Ruido de goznes»:
Vivo en una isla, ¿qué de trascendental tiene?
Tal vez la posibilidad de inspirar un aire limpio
o al despegar los párpados sentir la arenilla del sol…
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Al concluir, se dirigió a mí con una serenidad cuya huella permanece indeleble. Afirmó haberse sentido «deslumbrada», y añadió que había alcanzado «la entraña» de mi pintura y, posteriormente, de mi poesía. Subrayó, además, una cualidad que me resultó particularmente significativa: una espontaneidad y una generosidad que no remitían a lo material, sino a una disposición ética ante el mundo, a una forma de entrega y de comprensión de la realidad.
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Sus palabras adquirían un relieve singular. No provenían únicamente de la hija de Rafael Alberti, sino de una poeta que había consagrado su trayectoria a preservar la memoria de la Generación del 27 y a establecer un diálogo fecundo entre la tradición literaria española y la sensibilidad cultural cubana.
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Con el paso del tiempo he llegado a comprender que el mayor reconocimiento que puede recibir un creador no reside en la admiración superficial de su obra, sino en la capacidad de otro para identificar el núcleo invisible desde el cual esa obra se origina.
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Quizá por ello continúo reconociéndome en aquellos versos de «Ruido de goznes»:
«Lo mejor quizás es hablar de lo inasible,
de aquello que no nace por herencia ni muere todos los días.»
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Hoy, al evocar la figura de Aitana, esos versos adquieren una resonancia distinta. Porque hay presencias que no se extinguen: se integran en ese ámbito inasible donde la cultura trasciende la memoria para convertirse en permanencia.
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Quisiera concluir con las palabras que Aitana Alberti me dedicó entonces, porque pertenecen ya a la memoria compartida de aquel encuentro:
Me sentí muy sorprendida con la obra de Lara. Me gustó mucho poder llegar a la entraña de su obra pictórica y, después, cuando volví a casa con su libro, a la entraña de su obra poética. Soy hija de un poeta-pintor o de un pintor-poeta, Rafael Alberti… La primera impresión que he tenido de Lara ha sido realmente deslumbrante. Me parece un hombre que se entrega a la primera mirada; muy espontáneo, muy generoso, no desde lo material, sino generoso de sí mismo, de aquello que considera que es el mundo y de cómo ve el mundo.
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Foto: Estudio Lara Sotelo






