Entre la vigilia y el sueño se desencadena la prosa poética de Jesús Lara Sotelo, en su más reciente entrega literaria: Lebensraum.
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Un enjambre de imágenes nos asedia cuando vamos, en sus páginas, de un asombro a otro en escalas sucesivas, a medida que su verbo nos conduce desde un laberinto de experiencias a una lucidez más propia de lo visionario que de la locura. Esa que a ratos nos ciñe en la realidad, siempre avocada a su propio exterminio. Apenas sin respiro, nos deslumbra la forma en que nos hace cómplice de sus tribulaciones y hallazgos; con la misma intensidad de un adolescente alucinado por la luz de los astros, pero con la profundidad de un ermitaño que atesorase toda la sabiduría del universo.
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Y es esta última paradoja, propia de la raíz de la gran literatura dramática, la que dota al dominio de su expresión con su singularidad, valiéndose de una factura donde la fragmentación de las situaciones por las que transita devela conflictos que afloran en ellas con dinámicos rasgos de identidad, mientras las fibras y ánimos combaten en sus semblanzas. Estas, por su raigalidad, nos enfrentan a nuestras propias interrogaciones que nos conforman y dañan, como sus contemporáneos que somos. Pues él sabe cómo recoger el latir propio y el de quienes han alentado en predios colindantes para recrearlos en sus revaloraciones, en otra extensión de alto vuelo creativo.
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Pues nada más lejos del realismo huero o la mera reproducción de la realidad y sus embates encontraremos en sus viñetas, secuencias y soliloquios. El poeta no quiere hacer retrato o reflejo de situaciones comunes, sino crear un nuevo espacio imaginario para interpretar de forma lúdica y reflexiva lo sensible del acontecer personal.
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Para ello alucina, se contradice, respira, alienta, se redimensiona y llega a sus propias iluminaciones. Consciente con T. S. Eliot de que «el ser humano no soporta demasiada realidad», su quehacer se propone, más que denunciar, hacernos tañer los sentidos con insólitas peripecias, razonar al pecho con las turbulencias transgresoras de lo inaudito.
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Ajeno a los lugares comunes de la poesía contemporánea, entre nosotros su obra poética resulta una especie de desafío a los fundamentos reductores de nuestro mal llamado sentido común. A cada paso, en cada estación que transita nos devela, más que razonamientos o directrices, aperturas hacia una conciencia de nuestra insularidad afectiva, a esa riesgosa e intensa efusividad de la que estábamos carentes desde la desaparición del bardo Ángel Escobar. Herencia «maldita» que Lara recoge, trasmuta y redimensiona a la hechura de estos tiempos, con la lucidez de un visionario. Y a cuya convocatoria siempre acudiremos en sus lances, cuando la angustia o el desamor nos atribulen.
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Poiesis generadora de interrogantes, que tanto debe en su gama a la perspectiva integradora de sus lienzos, en un afán abarcador donde la sensualidad y la irreverencia, más que posturas, resultan ligamentos de lo humano develado como una encrucijada que tendremos que desandar al precio de reconocernos: a solas con nuestros anhelos, pasiones y frustraciones, para enhebrar nuestros propios fraccionamientos a su imán; y que el poeta ha logrado legarnos en esta sesión como «un hombre solo que mira hacia el poniente».






