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«Toda belleza es la sombra de un dolor»
— Georges Bataille
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En Eros dislocado, Jesús Lara Sotelo nos propone un testimonio íntimo del deseo como fractura. Una metáfora material y espiritual de lo que significa amar y desear desde lo humano: con alas torcidas, con huecos por donde entra la luz y también el miedo. La obra presenta una forma alada, suspendida en un equilibrio precario, ensamblada con piezas que no ocultan su condición de fragmento. La madera calada, las curvas sinuosas y la pintura densa generan un volumen que es cuerpo, es ala, es mariposa detenida en pleno vuelo.
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En el silencio que rodea a esta pieza, el espectador percibe su propia vulnerabilidad reflejada en ella: un deseo que no se resuelve, sino que persiste en la tensión entre lo que impulsa a avanzar y lo que recuerda que siempre podemos caer.
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Su concepción remite al Eros clásico —símbolo de unidad, impulso vital, armonía—, pero aquí el mito se desarma y se muestra como es en la vida contemporánea: imperfecta, dislocada, expuesta a las cicatrices de la historia.
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El psicoanálisis nos recuerda que el deseo nace de la falta. Las neurociencias, que su circuito es el anhelo, no la llegada. La poesía siempre lo supo: que el amor habita las grietas más que las certezas. En esa confluencia, Lara Sotelo logra una síntesis estética y filosófica: una pieza que no sólo es escultura, sino metáfora abierta para la mente y el alma.
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Afirma el artista: “Eros dislocado nació una noche en que sentí que la belleza también podía herir. Desde entonces, sigo reconstruyendo sus alas”.
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La obra conecta con los cuerpos vulnerables de Egon Schiele, con las cavidades abiertas en la escultura de Henry Moore, con el surrealismo de Dalí y su mariposa atrapada entre pinzas. También dialoga con la tradición latinoamericana del ensamblaje, donde la precariedad es lenguaje y el vacío es materia prima.
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Anécdota creativa
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En palabras del artista, Eros dislocado no surgió como boceto previo, sino como impulso visceral. Durante días ensambló fragmentos de madera calada hasta encontrar una estructura que “respirara por sí sola”. La pintura, aplicada después, no buscaba ocultar la madera sino subrayar su herida. La caladura central —ese hueco por donde entra la luz— se convirtió en el corazón de la obra.
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Testimonios de un espectador
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«Sentí que las alas eran las mías, intentando levantarse aunque no pudieran desplegarse por completo.»
«Es tan bella que duele.»
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Micro-poema
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Las alas torcidas
también saben
volver al cielo.






