Confesión del alma que quiso aniquilar al hombre imperturbable
Lo quise pequeño, y se volvió universo. Lo quise mío, y se volvió símbolo. Lo deseé débil, y se volvió leyenda.
Lo quise pequeño, y se volvió universo. Lo quise mío, y se volvió símbolo. Lo deseé débil, y se volvió leyenda.
Jesús Lara Sotelo es, sin lugar a dudas, una suerte de cosmos en el que se dan cita todas las extrañezas de este y de otros mundos.
Quise pintar la colisión entre naturaleza y tecnología, pero terminé dibujando su fusión más improbable: la paz. Como si el aparato hubiera sido absorbido por la inteligencia musgosa del mundo.
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No sé cuándo me di cuenta de lo ridículo que es seguir esperando. Quizá fue una noche cualquiera, viendo la pantalla del teléfono encenderse con notificaciones que no eran las que yo quería. Quizás fue al descubrirme mirando por la ventana como si de verdad alguien pudiera aparecer ahí, solo por el gusto de probar mi fe.
Me cuesta no comprar amor. Me cuesta no intentar regatearlo en las esquinas de las miradas ajenas, no prometer más de lo que tengo solo para que alguien finja que me quiere diez minutos más.
En Eros dislocado, Jesús Lara Sotelo nos propone un testimonio íntimo del deseo como fractura. Una metáfora material y espiritual de lo que significa amar y desear desde lo humano: con alas torcidas, con huecos por donde entra la luz y también el miedo.
En Atlas, los fragmentos geométricos se suspenden en un plano blanco que no es fondo, sino umbral. Conos, cubos, mitades de luna, triángulos vaciados y círculos tachados de materia orgánica componen un sistema simbólico que parece más cercano a los glifos precolombinos o a los manuscritos gnósticos que a la escultura contemporánea.
En la obra escultórica de Jesús Lara Sotelo, la materia no es pasiva. Es testigo. Es grito detenido. Es memoria con peso.
La fotografía de Jesús Lara Sotelo (2013) nos muestra un momento donde el cuerpo actúa como núcleo simbólico de su discurso visual. Él está de pie entre dos figuras que no posan: advierten.