Subasta, obra del reconocido autor Jesús Lara Sotelo, es un poemario donde la alquimia del artista, ese quehacer misterioso, plasma una vez más sus inquietudes existenciales sublimadas por el arte y convertidas en factor de identificación con el lector.
Justo esa capacidad de comunicación, ajena a todas las concesiones, abona la innata trascendencia de la obra de Lara. Porque las zozobras del alma son materia común al ser humano, pero las expresa la Poesía y ese es un reino «no para todos».
El primer poema de Subasta nos pone en contacto con tres constantes en este artista de tan amplia gama creativa: la beatitud de sus mundos interiores; una sutil concepción de la trascendencia del espíritu, y el constante enfrentamiento a las zonas nefastas de la vida y de su gran usuario, el hombre.
Puede ilustrar esta opinión el poema con que inicia el reto que cada libro supone:
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Nado en un silencio líquido. /Ansío el nirvana lejos de oscuras relevancias / de aullidos que enturbien el entorno. / Me ha sido dado el raro poder / de abrir un paso entre la podredumbre y el dolor
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El poeta solo se considera depositario de ese «raro poder», y su humildad queda plasmada como un acto de devoción.
Pero la conciencia ya no puede renunciar a la razón; sabe que las dádivas celestes son caprichosas como la complacencia de los dioses. Y sobreviene la decepción del sembrador que solo cosechará nocturnos seres reptantes:
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Esparzo semillas / en una pradera inhóspita. / De los granos nacen lagartos. / ¿Quién ha cambiado / los ciclos de la tierra? / Los ojos de los reptiles / son de un vivaz amarillo / y su sangre es fría como la noche.
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Así pues, es un poemario mecido por los altibajos de una conciencia siempre alerta, de una acusada sensibilidad mostrada por igual bajo el peso de ese saco de piedra / que llaman sociedad, como al sentirse partícipe de una colosal fuerza cósmica: a veces entra en mi cuerpo / el perenne egoísmo / que dirige la vida.
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Como parte del nítido contenido —del mensaje ofrecido con la diafanidad que tolera el género—, en los treinta y seis poemas que Jesús Lara nos ofrece en Subasta, destaca el manejo de la palabra en su valor estético, la sabiduría de su búsqueda y empleo. Algo que debió estar presente desde que un egipcio arañó sobre la piedra el primer jeroglífico poético.
De la simbiosis entre la plástica –otra modalidad clave en su obra— y la escritura, hay constantes inspiradoras en Jesús Lara, como es el retorno a la iconografía cristiana en la figura de Sebastián, santo martirizado a flechazos por rebeldía del alma.
Lara no lo deja inerte en un lejano siglo, lo perenniza en el presente para que alivie su actual suplicio, le recuerde la finiquitad del castigo y del poder. Y termine entregándose, con una sonrisa –que el autor nos trasmite–, al dulce reposo que Roma le negó:
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Las balas me las extrajo / un santo llamado Sebastián. / Durante la operación / me explicó la irrelevancia / de las puntas / y de las cúpulas doradas. / Luego se acomodó en mi sofá / y se quedó dormido / con una leve sonrisa.
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Otra constante del poeta es su aversión a la crueldad, cualquiera sea su envergadura, tanto la golpiza a un animal desvalido como la oleada de calor que grabó seres humanos en las piedras de una ciudad desvalida, convertida casi en una sombra que se escurre.
Estos son apenas apuntes sobre una obra cuyo valor radica en su totalidad, por su riqueza en matices, proposiciones, raptos acusatorios, terribles intuiciones, preocupación por las cosas que burlan el tiempo… Y también rica en complacencia filial, en referencias a mujeres, ciudades y lecturas.
Su título, Subasta, se revela en el poema 27 cuando el poeta nos dice que en algún lugar desconocido están liquidando sus despojos:
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Tengo un boleto / para viajar a Ginebra. / Pero hoy /
he amanecido sin huesos. / ¿A dónde fueron mis huesos /
durante la noche? / La subasta ha comenzado.
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Y estas notas terminan con un verso en el cual Lara Sotelo, partiendo de las discrepancias éticas de Benedetto Croce con Mussolini, acaba encarándonos con dos preguntas inquietantes:
¿El mundo es lo que intuimos? / ¿Acaso somos una maldita conjetura?
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