Conocer a Jesús Lara Sotelo durante casi una década ha sido un ejercicio constante de cuestionamiento y asombro. Hay preguntas que orbitan en mi mente desde el primer encuentro, como satélites incansables. Estas preguntas nacen de una certeza: su vida y oficio no encajan en los patrones convencionales con los que fuimos educados, ni en las formas habituales del arte. En su caso, la referencia externa desaparece; todo inicia y concluye en él, un círculo cerrado que no admite comparaciones.
Hablar de Jesús Lara Sotelo es hablar de una travesía. Su “Himalaya interior” no es una cumbre visible ni tangible. Es una expedición hacia los abismos de su propio ser, donde el arte se convierte en cuerda de escalada, refugio y, a veces, el vértigo mismo. Cada pieza en su obra es un peldaño hacia lo desconocido, una conquista del espíritu frente a los límites del mundo material. He recorrido kilómetros dentro de mí intentando descifrar ese «algo más» que parece habitarlo, pero las respuestas no están en mi experiencia. Son suyas, intrínsecas, y quizás, la única forma de hallarlas sea agitarlas, interrogarlas, despojarlas de sus silencios. Así nace esta entrevista, fruto de una búsqueda casi obsesiva por comprender sus rutas, sus exploraciones, esos 35 años de creación que continúan expandiéndose hacia territorios insospechados.
Como hilo conductor de este acercamiento, se alza la presentación de Ascensión al Himalaya Interior, el monumental Libro-Catálogo publicado bajo el sello Arte Cubano Ediciones. Esta obra compendia su producción artística entre 1976 y 2024, reuniendo más de 900 piezas que abarcan paisajes, abstracciones, dibujos, ilustraciones, cerámicas, esculturas, instalaciones, grabados, fotografías, arte digital, diseño de modas y, además, una cuidada selección de poemas, aforismos y cuentos. Es un pasaporte hacia su microcosmos, vasto y revelador, una invitación a sumergirse en los cenotes profundos de su pensamiento y sensibilidad.
Pero Jesús Lara Sotelo es más que su catálogo. Afrodescendiente, meditador, ayunador, luchador incansable contra su propio ego, se sitúa en una encrucijada donde lo clásico y lo contemporáneo se encuentran. Su vida es, en sí misma, un acto artístico. La meditación no es solo un ejercicio espiritual, sino una forma de esculpir el silencio; su ayuno no es simple disciplina, sino una exploración de los vacíos que también habitan el arte. Como afrodescendiente, su obra refleja la resistencia y la reinvención constante de la identidad, esa lucha silenciosa que palpita en cada pincelada y verso.
Su obra, impregnada de referencias metafísicas, literarias, filosóficas y existenciales, desafía etiquetas, presentándose con un lenguaje accesible y absolutamente actual. En ella coexisten paisajes de una Cuba lírica y dolorosa con abstracciones que parecen mapas de un universo alternativo. Su cerámica se retuerce entre lo tradicional y lo disruptivo, mientras su fotografía y arte digital abren ventanas a mundos paralelos. Nada en su catálogo parece pertenecer del todo a esta época, y, sin embargo, todo resuena con una voz contemporánea.
Recorrer su catálogo es como caminar por un bosque de símbolos: texturas que invitan a tocar, colores que arden o calman, líneas que insinúan historias no contadas. Cada pieza tiene el poder de hablarnos en un idioma que no conocemos, pero que intuimos profundamente.
La entrevista que ahora comparto con ustedes busca despejar esas preguntas acumuladas a lo largo de los años. Pero más que eso, es una invitación. Una invitación a soñar un mundo donde podamos cultivar nuestro propio Himalaya interior, desafiar nuestras certezas y, como él, crear un espacio donde arte y vida se fusionen en libertad y plenitud.
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PARTE II
En entrevistas anteriores has mencionado, casi como un susurro entre líneas, tu pasado con el alcoholismo y los años que llevas en sobriedad. ¿Es cierto? Y si es así, ¿crees que el espíritu de Baco, como símbolo del exceso y la inspiración, fue alguna vez un aliado en tu creación? ¿O es un mito peligroso eso de que el alcohol puede ser un elixir para la creatividad?
JLS: Es cierto, hubo un tiempo en el que el espíritu de Baco y yo compartíamos más copas de las necesarias. Pero si algo aprendí es que Baco tiene dos caras: la del muso generoso que susurra versos y la del ladrón que se lleva las palabras cuando más las necesitas. Durante años pensé que el alcohol era una chispa creativa, pero en realidad era un espejismo: lo que crees que es claridad suele ser apenas una distracción dorada.
¿Ayudó a crear? Quizás en momentos breves, pero fue más lo que tomó que lo que ofreció. Lo curioso es que la verdadera creación llegó en la sobriedad, cuando enfrenté las sombras que había intentado ahogar en copas de vino. Ahí descubrí que no necesitas un elixir externo; la inspiración es un incendio que ya llevas dentro, solo que a veces el ruido te impide escucharlo.
Hoy, miro hacia atrás con una mezcla de gratitud y respeto. Gratitud porque sobreviví a esa etapa, y respeto porque sé que Baco no es un aliado fiable; es un maestro cruel que te obliga a buscar tu arte en lugares más profundos. Y te aseguro algo: nada en el mundo embriaga tanto como escribir en plena lucidez, con las ideas fluyendo como un buen vino… pero esta vez, de la mejor añada: la de la vida vivida con los ojos abiertos.
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¿Qué significa para ti ser divertido en un mundo que espera que los artistas siempre sean serios o incluso torturados?
JLS: Ser divertido es ser libre. La seriedad está sobrevalorada. No me malinterpretes, tomo mi trabajo muy en serio, pero no a mí mismo. El humor es una forma de romper barreras, de desarmar prejuicios y de recordarte que la vida no tiene que ser siempre solemne para ser profunda. Además, en el arte, el humor puede ser un arma poderosa. A veces, un chiste bien colocado dice más sobre el mundo que un ensayo filosófico de 500 páginas.
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A lo largo de los años, ¿cuál ha sido el mayor mito que has tenido que desmitificar sobre ti mismo?
JLS: El mito de que todo lo que hago está planificado. Mucha gente asume que, porque tengo tantas facetas, hay un esquema maestro detrás de mi obra. La verdad es que mi trabajo nace del caos. No siempre sé hacia dónde voy, y eso es lo que me mantiene vivo. Es como escalar el Himalaya sin un mapa: no sabes si llegarás a la cumbre, pero disfrutas cada paso del camino.
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El ayuno intermitente parece una práctica más física que creativa. ¿Qué experiencia has encontrado en él que nutra tu capacidad de creación, y acaso, tu sentido del humor?
JLS: Ah, el ayuno intermitente, ese noble arte de hacer las paces con el hambre mientras tratas de no comerte tus propias ideas. Al principio, parecía un juego de resistencia: ¿cuánto tiempo puedo durar antes de que mi refrigerador me susurre tentaciones? Pero pronto entendí que no era solo cuestión de aguantar, sino de escuchar.
El vacío en el estómago tiene la extraña habilidad de despejar el ruido mental. De pronto, las ideas parecen más rápidas, más ágiles, como si mi cerebro, privado de digerir alimentos, se dedicara a digerir el universo. Y en cuanto al humor, bueno, digamos que negociar con tu cuerpo para no abrir una bolsa de papas fritas puede ser hilarante. Aprendes a reírte de ti mismo, de tu dependencia al azúcar y de cómo hasta un plátano puede parecer un festín de los dioses.
Es curioso: mientras mi cuerpo protesta, mi creatividad celebra. Quizás, al final, el ayuno no es tanto privación como un elegante recordatorio de que, para crear, hay que aprender a vaciarse primero. Y si la inspiración tarda, al menos tengo la certeza de que la cena será épica.
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Sotelo, ¿cuál es el consejo más absurdo que te han dado en tu carrera y qué aprendiste de él?
JLS: Una vez alguien me dijo: “No seas tan complicado, la gente no entiende eso.” Fue un consejo terrible, pero valioso, porque me recordó que el arte no está para ser entendido en su totalidad. Si un cuadro, un poema o una escultura no dejan espacio para la interpretación, entonces no están vivos. El arte debe ser complicado porque la vida lo es.
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Hablando del futuro, ¿cómo imaginas el arte dentro de 50 años?
JLS: El arte dentro de 50 años será, como siempre, un reflejo de la humanidad y de sus contradicciones. Veo un arte profundamente tecnológico, sí, pero también veo una búsqueda por recuperar lo humano, lo tangible, lo íntimo. Creo que el arte del futuro será una mezcla de realidad virtual, inteligencia artificial y nostalgia por lo analógico. Lo que espero es que, sin importar el medio, siga siendo una herramienta para cuestionar, para resistir y, sobre todo, para conectar.
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¿Te preocupa que la tecnología pueda diluir la autenticidad en el arte?
JLS: Más que preocuparme, me intriga. La tecnología es como el fuego: puede iluminar o quemar, depende de cómo se use. La autenticidad no está en el medio, sino en la intención. Una obra puede ser completamente digital y aun así, ser profundamente humana si el artista pone su alma en ella. Lo que no podemos permitir es que la tecnología reemplace la reflexión. El arte no es un producto, es una experiencia, y esa experiencia debe tener un corazón detrás.
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Tu obra es un puente entre lo analógico y lo digital, entre lo tradicional y lo disruptivo. ¿Cómo logras equilibrar esas tensiones?
JLS: No creo en los extremos. Para mí, lo analógico y lo digital no son enemigos, son aliados. Pinto con las manos y también exploro el arte digital porque cada medio me ofrece una forma distinta de ver el mundo. El equilibrio está en no perder de vista el propósito: conectar con algo más grande que nosotros mismos.
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¿Cree que explorar temas contemporáneos como la IA, desde su experiencia vital y literaria, crea un puente único entre generaciones? ¿Cómo dialoga su visión con las inquietudes de los jóvenes?
JLS: Explorar la inteligencia artificial, esa criatura de silicio y algoritmos, no es sino tender un puente entre las preguntas que siempre nos han acompañado y las formas inéditas en que ahora se formulan. Es mirar al abismo del tiempo, donde las generaciones se entrelazan como raíces de un árbol común, y descubrir que las inquietudes jóvenes son ecos de nuestras antiguas búsquedas.
En este diálogo, mi experiencia no es un faro que guía, sino una llama tenue que titila en la penumbra, invitando a quienes caminan por senderos nuevos a mirar hacia atrás, no con nostalgia, sino con asombro renovado. La IA, como concepto, no pertenece a ninguna generación: es un espejo, una alquimia moderna que refleja el deseo eterno de comprender, crear y trascender. Dialogar con los jóvenes, entonces, es redescubrir el mundo a través de sus ojos, mientras ellos perciben en los míos el fulgor de preguntas aún sin respuesta.
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Si pudieras redefinir el concepto de «afrocaribeño» para futuras generaciones, ¿qué dirías?
JLS: Diría que ser afrocaribeño no es un género, es un universo. Es la capacidad de transformar las adversidades en música, de encontrar poesía en el dolor y de construir puentes entre lo terrenal y lo trascendental. No somos un cliché; somos filósofos, ingenieros del alma, traductores del caos. Si eso no es ser universal, entonces no sé qué lo es.
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Finalmente, si pudieras sintetizar tu filosofía artística en una sola frase, ¿cuál sería?
JLS: Crear es ascender y caer al mismo tiempo. Es la búsqueda perpetua de un horizonte que siempre se aleja, pero que vale la pena seguir.
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Lara Sotelo, si pudiera hablar con el Jesús Lara Sotelo de 1976, el que daba sus primeros pasos, ¿qué le dirías?
JLS: Le diría: «Prepárate para caer. Y cuando caigas, aprende a disfrutar del polvo, porque ahí es donde encontrarás las mejores historias.»
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Finalmente, si pudiera dejar un mensaje para los artistas que enfrentarán las cumbres del arte en el futuro, ¿qué les dirías?
JLS: Les diría: no le teman a la tecnología, pero tampoco la veneren. Usen cada herramienta a su alcance, pero recuerden que la verdadera creación siempre viene del interior. Y, sobre todo, no olviden que el arte no es sobre perfección; es sobre humanidad.
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