No sé cuándo me di cuenta de lo ridículo que es seguir esperando. Quizá fue una noche cualquiera, viendo la pantalla del teléfono encenderse con notificaciones que no eran las que yo quería. Quizás fue al descubrirme mirando por la ventana como si de verdad alguien pudiera aparecer ahí, solo por el gusto de probar mi fe.
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Esperar es el único vicio del que no me he podido desintoxicar. Hay días en que me sorprendo a mí mismo ensayando excusas para una conversación que nunca sucederá. Hay noches en que repaso nombres como quien hojea un álbum de cromos para comprobar si todavía me falta alguno. Y siempre falta.
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Al principio pensé que esperar era una especie de virtud elegante. La prueba de que yo todavía creía en algo. Pero ahora veo que no es virtud, es tic. Es reflejo condicionado. Es ese gesto inútil de seguir revisando la puerta aunque nadie llame. Una superstición laica. Una fe mal administrada.
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Hay algo obscenamente patético en seguir esperando una disculpa de alguien que ya no recuerda por qué tendría que dártela. En seguir esperando un regreso de alguien que ni siquiera se dio cuenta de que se fue. En seguir esperando una explicación de un universo que no parece tener departamento de servicio al cliente.
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A veces miro a la gente que no espera nada —los que dicen que ya cerraron el capítulo, los que juran que no extrañan a nadie— y los envidio un poco. Porque vivir sin expectativas parece cómodo. Claro que también se ven un poco muertos. Como maniquíes con buenos modales.
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Yo, en cambio, sigo en el andén. Con una bolsa de dudas colgada al hombro, mirando relojes que no marcan nada útil, convencido de que sino espero algo, aunque sea improbable, me voy a oxidar en el asiento. Porque por mucho que lo intente, hay una parte de mí que todavía cree que el próximo tren sí es para mí. Que todavía falta una respuesta, una mirada, un milagro barato con mi nombre escrito en lápiz.
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Sé que es ridículo. Pero hay vicios que ni siquiera merecen ser curados. Y este —este tic idiota de esperar— es quizá lo más humano que me queda.
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Así que aquí estoy.
Con las manos vacías y los ojos fijos en el andén.
Esperando.
No sé exactamente qué.
Pero algo.
Porque el día que deje de esperar,
¿qué demonios haré con las manos?






