El poeta pintor Jesús Lara nos convida a reflexionar sobre el desempeño de la poesía en la conformación de pensamientos descolonizadores. Tal propósito, implícito en su excelente libro Poemas capitales, puede parecer un «pie forzado» para esta comentarista, o en el mejor de los casos, una invención por quien encuentra cultura filosófica en un creador literario y plástico a través de su prolífera producción en ambos campos artísticos.
Sin embargo, lo de «descolonización», tan manido en los discursos políticos, está adecuadamente utilizado en el texto propuesto por el artista no como idea anunciada, sino como un intermitente llamado a la meditación en torno a los problemas cardinales de la sociedad contemporánea cubana.
En no pocas ocasiones, las intervenciones públicas, cualesquiera que sean su procedencia, motivo y contexto específico, aluden a conceptos insuficientemente esclarecidos y sustentados por quienes los emiten. Se habla de descolonización y su antónimo, sin que exista una visibilidad convincente del fenómeno en tanto se refiere a lo que, fundamentalmente, en el siglo XX, se le calificaba de «penetración ideológica» del mundo capitalista occidental, preferentemente el de los Estados Unidos.
En el argot ideológico, más bien «consignista» y descontextualizado, se significaba a la llamada colonización cultural como la intromisión en la sociedad cubana de modos de vida y aspiraciones inherentes al capitalismo imperialista. Ello implicaba la despersonalización de la identidad y la consecuente pérdida de los valores históricos en el país, cuestión veraz y digna de análisis sistemático.
Sin embargo, el problema es mucho más abarcador y complejo. La colonización, más que un concepto aplicable a las conductas políticas y sociales en el orden individual y colectivo, es una filosofía de la vida, presente en los sentimientos y en sus múltiples formas de socialización. Ella es en sí dependencia, culto al liderazgo de cualquier tipo y naturaleza, incapacidad para el ejercicio de la creación individual, ausencia de iniciativas propias, quietismo e indiferencia ante las grandes conmociones sociales, conservadurismo a ultranza frente a la reforma social, reverencia desmesurada a las tradiciones, cobardía, enajenación, prejuicios, dogmatismo, sumisión ante los que ejercen la férula del poder, sea cual sea su naturaleza y condición, entre otras cuestiones. Sobre este último particular vale la pena recordar que el colonizado puede residir en las metrópolis. Gran parte de las llamadas sociedades de consumo y altamente industrializadas generan en su seno poblaciones enteras –no necesariamente integradas por inmigrantes– nacidas y criadas bajo el dominio del gran capital, que se comportan como colonizados.
El colonizado es un eterno temeroso de los cambios. Siempre está al acecho de que alguien o algo modifiquen su estatus. Vive con la esperanza de que lo foráneo sea su tabla de salvación, por lo que es incapaz de labrarse su propio destino. Sus miradas se dirigen hacia el exterior, desconociendo las potencialidades del universo concreto en que vive. Imitar, reproducir los valores, las costumbres y la sabiduría de los dominadores del criterio público y del gran poder económico y político, es propio de quienes se sienten incapaces de crear su propio destino.
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El poeta pintor Lara Sotelo nos detiene en el tiempo para frenar los impulsos del ostracismo colonizador y colonizado. Cuando habla del terror adictivo «como la dependencia a los fantasmas o al tizne de la memoria», de »la desesperanza, la agonía de la espera» y de esos «días irrespirables. Días que no tocas cielo, que no tocas nada», se refiere a la inopia, a la inutilidad de quienes esperan, con quietud congelada, que de la «nada» aparezca un sol movilizador de fuerzas creadoras. Sol que es el ídolo, el paradigma sacralizado y no la inteligencia del visible ente transformador, siempre sencillo y humilde pero dotado de las fuerzas internas para trazar nuevos caminos, entiéndase, generar quimeras.
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En esta misma línea de pensamiento aboga por el quehacer, la lucha por la creación, la rebeldía contra el servilismo. Así clama, desde su garganta ahogada por la rabia: «¿hay que contradecir las cosas no vividas y dejarse caer como las hojas?» Porque el poeta busca el camino de la emancipación, del que implica los sentimientos, las costumbres, el que condena la explotación del alma, la mediocridad del espíritu, y enaltece la luz de quienes jamás comulgaron con las sombras, de los que viven dentro de ellas maldiciendo o querellando a los justos y nobles talentos creadores de la posteridad. Lara es una luz intermitente que intenta que el dolor no destruya a los inquietos innovadores de los sueños.
Él muestra la paradoja constante en medio de los mundos de las vanidades y la crueldad de las falsas fascinaciones. Gime desde la tragedia de la existencia de los eternos rebeldes: «¿Cómo puede la libertad generar servidumbre? ¿Acaso el silencio es una cuerda?». Y es que él venera la caída de los falsos dioses por la fuerza de la palabra rebelde y certera. No es pasivo, su pensamiento camina por encima de las marchas cotidianas de las inercias mostrando la incapacidad de los universos cerrados y siempre baldíos para alcanzar la eternidad.
El poeta, moldeando pensamientos, cultiva la lírica figurativa. Ofrece caminos para el pensamiento culto e innovador. Podemos preguntarnos: ¿cuántas veces movemos ideas útiles desde nuestra forma común de andar por los caminos de nuestra propia existencia?
Desde la poesía culta, irreverente y soñadora él muestra el ejercicio del pensar sin rubores ni sentimientos de culpa y sí con la desvergüenza del verdugo de las inercias morales. Su poemario es un canto al «hacer» desde el privilegio de la inteligencia y una condena a ultranza a la espera sin sentido desde la infinitud de los cansancios.
Increpa a la hipocresía de los discursos moldeados por el poder inviolable. Condena a los meretrices de la palabra falsa y demagógica dirigida hacia la perpetuación del poder dominador, cualquiera que sea su procedencia y estatus: «Demasiada castidad aturde. ¿Acaso no ven cómo caen las cosas que se autoproclamaron eternas?». Pero, le faltó al poeta pensador decir que a los generadores de las autoproclamaciones infinitas no les importan sus finales, sino la existencia física temporal, aunque después permanezca en los abismos infames el recuerdo de sus vidas.
Lara Sotelo protesta contra la palabra impuesta, entiéndase pensamientos e ideas voraces del libre raciocinio y cultivadoras de la sagrada liturgia del escolasticismo medieval bien bordado de falsas libertades. El poeta condena al alma empobrecida por la ignorancia de los días perdidos en la cotidianidad absurda, sin la búsqueda incesante hacia nuevos paisajes que hagan el milagro de los continuos entendimientos. Esos que derriban los muros muy a pesar de quienes intentan satanizar el mundo «con la jerga oficial».
Los «poemas capitales de Jesús Lara» devienen en una profesión de fe con la historia, la literatura y la filosofía, pero, sobre todo, con sí mismo. Es un desbordamiento de creencias contra la inutilidad de la existencia y por el mejoramiento humano.
Puede parecer derrotista, escéptico y a veces sórdido, para mí en cambio es un canto al optimismo porque condena sin piedad, como debe ser, a los que aspiran a detener el mundo mediante la oferta de la banalidad y la indiferencia. Se vive para pensar y crear, y para ello hay que identificar los males generadores del tedio y la superficialidad.
Denunciar los vacíos de la supervivencia a ultranza es contribuir a llenarlos con amor inteligente y sabio. Eso, y mucho más, nos ofrece el poeta pintor.






