No estoy seguro si pinté una nave, una confesión o un malentendido cósmico. A veces creo que la obra llegó a mí, como suelen hacerlo las cosas que uno no entiende del todo pero igual firma. Arrival no aterriza: se abandona. Es un artefacto venido de otro tiempo, o de ninguno, que decide echar raíces como un eremita cansado de flotar en la lógica.
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¿Puede una máquina tener una crisis existencial?
¿Y si la selva no es un lugar, sino un mecanismo de defensa del universo contra el exceso de racionalidad?
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Quise pintar la colisión entre naturaleza y tecnología, pero terminé dibujando su fusión más improbable: la paz. No la armonía hippie de los 70, sino una tregua silenciosa, vegetal, húmeda. Como si el aparato —¿era un dron?, ¿una bestia?, ¿un concepto que olvidó su tesis?— hubiera sido absorbido por la inteligencia musgosa del mundo.
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Recuerdo haber leído que los antiguos pensaban que los bosques eran dioses durmiendo. Bueno, esta nave decidió acostarse con ellos.
Y ya no vigila. Ni vuela. Ni interroga.
Solo respira. O algo parecido.
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¿Qué sentido tiene avanzar si el destino es volverse paisaje?
¿Y si la evolución no fuera progreso, sino disolución lenta en lo inefable?
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Trabajé con carboncillo como quien traza la sombra de una idea que no quiere ser dicha. Y con óleo como si barnizara una herida. “Arrival” pertenece a mi serie Arboresencias, que no es una colección de obras sino un intento de cartografiar los caminos que toman las raíces cuando no quieren ser observadas.
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¿Dónde termina el arte y empieza el delirio botánico?
¿Puede la conciencia florecer solo si olvida quién la programó?
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Si Borges hubiese escrito ciencia ficción sin fe en los datos, y Byung-Chul Han hubiese conversado con una secuoya durante una sobremesa silenciosa, quizás habrían coincidido en algo:
Lo verdaderamente eterno no es lo humano. Es lo que no necesita decir nada para seguir creciendo.
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Lo verdaderamente eterno no es lo humano. Es lo que crece en silencio.
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Y si Woody Allen mirara este cuadro, tal vez diría que es “una alegoría brillante del miedo a las relaciones estables”. O peor: al compromiso con uno mismo.
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Yo solo sé que pinté una máquina que se deja cubrir de verde.
Y que en el fondo, como todos, solo quería volver a casa sin explicar por qué me fui.
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