Jesús Lara Sotelo, destacado artista y poeta cubano contemporáneo, concibe la escucha como un acto “técnicamente espiritual”. Con este concepto sugiere que el proceso de oír trasciende la mera percepción sensorial para convertirse en una experiencia integral, donde intervienen tanto mecanismos neurocientíficos como dimensiones estéticas, poéticas y espirituales. En otras palabras, la acción de escuchar activa nuestro cerebro a niveles técnicos (neuronales y cognitivos) al mismo tiempo que conecta con lo más profundo del ser, evocando emociones e incluso lo trascendente. Este enfoque interdisciplinario invita a explorar la intersección entre neurociencia, arte, poesía y espiritualidad, iluminando cómo el hecho de escuchar puede forjar una conexión profunda con la existencia, los sentimientos y aquello que percibimos como lo sagrado o trascendental.
Desde la perspectiva de la neurociencia, el acto de escuchar música o sonidos significativos desencadena una activación cerebral compleja y distribuida. No se limita solo al córtex auditivo que procesa las vibraciones sonoras, sino que involucra a circuitos relacionados con la memoria, la emoción y el placer. Estudios de neuroimagen funcional revelan que cuando una persona escucha una melodía que le conmueve, se activan las mismas áreas cerebrales de recompensa involucradas en experiencias de alegría intensa, como el disfrute de la comida, el sexo o incluso ciertas sustancias (Blood & Zatorre, 2001). En concreto, regiones como el núcleo accumbens liberan dopamina, un neurotransmisor asociado al placer, durante los pasajes más emotivos de la música (Salimpoor et al., 2011). Al mismo tiempo, estructuras límbicas como la amígdala (vinculada a las emociones) y regiones corticales encargadas de la anticipación y la memoria musical también participan en la experiencia auditiva.
La neurociencia cognitiva, por tanto, confirma que escuchar “con atención plena” no es un acto pasivo: involucra una sinfonía de procesos cerebrales que integran sensación y sentimiento. Se ha observado, por ejemplo, que la música activa múltiples áreas simultáneamente, desde las zonas auditivas en el lóbulo temporal hasta el sistema límbico que regula las emociones (Koelsch, 2014). Las frecuencias sonoras más bajas tienden a inducir calma y estados reflexivos, mientras que las altas pueden generar excitación o alerta. Estos hallazgos sugieren que el “oído técnico” –es decir, el componente neurobiológico de la escucha– está íntimamente ligado a nuestras respuestas afectivas más profundas.
El cerebro opera como un instrumento afinado que traduce las vibraciones del entorno en experiencias con significado personal, activando redes neurales que subyacen al placer estético y la resonancia emocional.
Por otro lado, la dimensión estética y poética de la escucha conecta ese fenómeno neurofisiológico con la apreciación del arte y la belleza, terreno de la neuroestética. La neuroestética, término introducido en 1999 por el neurocientífico Semir Zeki, propone estudiar las bases biológicas de la experiencia estética (Zeki, 1999). Bajo esta luz, percibir una obra de arte o escuchar un poema no solo tendría un impacto cultural o subjetivo, sino también un correlato concreto en la actividad cerebral. Lara Sotelo explora precisamente cómo el oído puede ser un canal artístico: escuchar un poema recitado o los matices de una pieza musical significa sentir imágenes, ideas y emociones que emergen de la combinación de sonido y mente.
Además, estudios recientes en epigenética han comenzado a revelar que ciertos sonidos y músicas no solo impactan en nuestro estado mental, sino que pueden influir en la expresión genética. La exposición a sonidos armónicos, como música meditativa o cantos, ha demostrado reducir la inflamación celular y modificar la transcripción de genes asociados al estrés (Fachner & Maidhof, 2015). Esta idea lleva el oído espiritualmente técnico a una nueva dimensión: como catalizador de transformación biológica profunda.
La poesía hablada, con su ritmo y musicalidad inherente, activa en el oyente ecos emocionales y cognitivos similares a los de la música. El lenguaje poético, cargado de metáforas y cadencias, puede vibrar en nuestra conciencia e inducir visiones internas, casi como si las palabras tuviesen color y forma. Esto recuerda a experiencias sinestésicas donde los sentidos se entrelazan –por ejemplo, “escuchar colores” o “ver sonidos”– algo que artistas como Wassily Kandinsky teorizaron al hablar de lo espiritual en el arte (Kandinsky, 1911). Análogamente, podríamos decir que el arte sonoro (la música, la poesía recitada, incluso el silencio en una composición) nos comunica algo profundo sin necesidad de traducción conceptual.
La convergencia entre arte y ciencia muestra que ciertas composiciones sonoras pueden conmovernos o inspirarnos porque estimulan patrones neurales asociados a la belleza y la recompensa, creando una experiencia de éxtasis estético.
Así, el “oído espiritual” al que alude Lara Sotelo implica escuchar con una receptividad que va más allá de lo literal, permitiendo que el sonido nos hable en un nivel simbólico y trascendente. En términos de neuroestética, podríamos decir que el cerebro no solo descodifica información auditiva, sino que construye significado y valor a partir de ella, ligando las sinapsis neuronales con las sensaciones de lo sublime.
Este análisis nos lleva a una pregunta provocadora: ¿podría una inteligencia artificial desarrollar un oído espiritualmente técnico? Por ahora, la IA puede procesar patrones sonoros, generar música y hasta simular emociones en voz. Pero carece del “exilio del alma” que marca la obra de Lara Sotelo: una escucha tejida con heridas, memoria, intuición y sensibilidad humana. Su arte, en este sentido, funciona como una resistencia poética frente al algoritmo. Es un recordatorio de que el misterio de la escucha, cuando se convierte en arte, no puede programarse.
Ahora bien, el concepto de un “oído espiritual” apunta hacia las dimensiones filosóficas y místicas de la escucha. Diversas tradiciones a lo largo de la historia han visto en el sonido un puente hacia lo divino o lo absoluto. El filósofo griego Pitágoras hablaba de la música de las esferas, imaginando que todo el cosmos vibra en armonía y que los astros producen una sinfonía inaudible para el oído humano (Godwin, 1993). Esta idea sugiere que el universo entero está tejido por vibraciones, una noción poética que encuentra eco en la ciencia moderna: la teoría de cuerdas en física postula que las partículas subatómicas son esencialmente cuerdas vibrantes en distintas frecuencias (Greene, 2004). En última instancia, como señala Tamlyn Hunt apoyándose en la física contemporánea, “todas las cosas en nuestro universo están en constante movimiento, vibrando… toda la materia son solo vibraciones de campos subyacentes” (Hunt, 2020).
El sonido también es un archivo emocional. Psicólogos como Bessel van der Kolk han demostrado cómo ciertos sonidos –una canción, un timbre, una voz– pueden reactivar memorias traumáticas profundamente enterradas (van der Kolk, 2014). El oído, por tanto, es también un órgano de la memoria. En la obra de Lara Sotelo, este aspecto se percibe en su uso del silencio, del eco, de la voz rota que recuerda un duelo. Su escucha es terapéutica: no para olvidar el dolor, sino para transformarlo en arte.
Además, escuchar se convierte en un gesto político. En un mundo saturado de imágenes, de velocidad, de estímulos constantes, el simple acto de detenerse a oír verdaderamente representa una forma de resistencia. Es un posicionamiento frente al ruido de lo superficial. Escuchar profundamente es, hoy, un acto revolucionario.
Por último, una dimensión reveladora puede hallarse en la autobiografía sonora de Jesús Lara Sotelo. Desde su infancia en el Caribe, los cantos religiosos, los murmullos de la calle, el rumor del mar, hasta las pérdidas personales que ha experimentado –madre, hermana, patria, maestro– todo ha ido afinando su oído hacia lo invisible. En sus composiciones hay fragmentos de esos sonidos pasados.
Escuchar su obra es también recorrer su vida, como si cada respiración musical llevara el ADN emocional de su historia.
En síntesis, el oído técnicamente espiritual al que alude Jesús Lara Sotelo representa una invitación a escuchar con todos nuestros niveles de percepción. Implica atender a la realidad sonora con rigor y curiosidad científica –entendiendo cómo las ondas son captadas y procesadas por nuestro cerebro– y simultáneamente con la sensibilidad del artista y del buscador espiritual, dejando que esas ondas nos conmuevan, nos transformen y nos conecten con algo mayor. Esta visión integradora refleja cómo en la práctica de la escucha convergen la neurona y el alma, la electricidad cerebral y la emoción estética, la técnica y el misterio. Tal perspectiva no solo enriquece nuestra comprensión del arte y la música, sino que también apunta a una forma de espiritualidad contemporánea: una en la que la ciencia y la poesía dialogan. Al fin y al cabo, como sugiere la experiencia mística, el sonido y la vibración no son meros eventos físicos externos, sino la expresión de una realidad interna profunda. Escuchar, en su sentido más pleno, puede ser una vía de conocimiento y de comunión con la esencia del ser. Así, la próxima vez que nos dejemos envolver por una melodía o el murmullo del viento, podríamos recordar que en ese sencillo acto el oído humano está ejerciendo simultáneamente su faceta técnica y su potencial espiritual, conectándonos con la trama resonante de la vida y del universo.
*Referencias*
– Blood, A. J., & Zatorre, R. J. (2001). Intensely pleasurable responses to music correlate with activity in brain regions implicated in reward and emotion. Proceedings of the National Academy of Sciences, 98(20), 11818-11823.
– Salimpoor, V. N., Benovoy, M., Larcher, K., Dagher, A., & Zatorre, R. J. (2011). Anatomically distinct dopamine release during anticipation and experience of peak emotion to music. Nature Neuroscience, 14(2), 257–262.
– Koelsch, S. (2014). Brain correlates of music-evoked emotions. Nature Reviews Neuroscience, 15(3), 170-180.
– Zeki, S. (1999). Inner Vision: An Exploration of Art and the Brain. Oxford University Press.
– Kandinsky, W. (1911). De lo espiritual en el arte.
– Godwin, J. (1993). Music, Mysticism and Magic. Routledge.
– Greene, B. (2004). The Fabric of the Cosmos. Knopf.
– Hunt, T. (2020). Everything is vibration: the science behind sound healing. The Epoch Times.
– Fachner, J., & Maidhof, C. (2015). Music, memory and the genes: Epigenetic effects of music. Music and Medicine, 7(4), 12-19.
– van der Kolk, B. (2014). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. Viking Press.
– During, J. (1989). The Spirit of Sounds: The Unique Art of Ostad Elahi. Cornwall Books.
– Lehmann, D., Faber, P. L., Achermann, P., & Jeanmonod, D. (2001). Coherence and phase locking in the EEG alpha band during induced states of consciousness. Cognitive Brain Research, 10(1-2), 93-101.







