Jesús Lara Sotelo es, sin lugar a dudas, una suerte de cosmos en el que se dan cita todas las extrañezas de este y de otros mundos.
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Pasé una tarde con él para terminar comprendiendo, al cabo, que su muerte está anunciada cuando ya no tenga nada que decir. Pero es tanto lo que tiene, lo que aflora y promete, que ninguna defunción le será venida, menos ahora que asoman en el horizonte unas cuantas entregas más que se ocuparán de certificar la versatilidad de ideas y el eclecticismo de lenguajes porque lo que este atraviesa con una habilidad (y con una sonrisa) desde todo punto de vista envidiable.
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Lara, y tal vez esto suene a exageración, tan propio de mí, me recuerda a la figura del humanista: esa especie de sujeto sabedor de todo, cultor de fantasmas y de secretos, guardián de la savia de la vida.
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Lara es un centauro peligroso y afortunado, filoso e impredecible. Lo mismo pinta con una ansiedad desbordante que organiza una pista musical de infarto; lo mismo escribe aforismos y poesía que se permite la gracia y la virtud de salvar a otros del abismo donde él estuvo y del cual salió airoso como un gladiador. Cada escenario de los suyos, esos espacios en los que habita como si la vida durase un instante, te hacen recordar aquel verso que reza “el orgullo por la cicatriz desarme a quienes insisten en recordarnos la herida”.
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