Escribí estas fábulas porque el psicoanálisis me resultó demasiado caro y la poesía, demasiado elegante. Porque hay traiciones que no caben en una metáfora y dolores que solo se entienden si se disfrazan de animales con problemas existenciales.
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¿Y si el zorro no era astuto, sino paranoico?
¿Y si el cuervo no graznaba por sabiduría, sino por abstinencia afectiva?
¿Y si el lobo solo atacaba porque nadie le enseñó a pedir abrazo?
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Esta no es una colección de cuentos con moraleja. Es una autopsia emocional con risa contenida. Me puse a escribir cuando entendí que el problema no era que me hubieran traicionado, sino que yo los elegí sabiendo que lo harían. Que algo en mí necesitaba esa caída para justificar mi tristeza con argumentos de Nietzsche.
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“Quien lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse en uno”, decía el viejo loco alemán. Yo digo: quien vive entre idiotas debe aprender a hablar su idioma, pero sin olvidar el acento. Estas fábulas son mi acento: torcido, sarcástico, lírico y un poco maldito.
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Como quien ya no espera respuestas… pero igual pregunta.
Como quien ya no se cura… pero escribe para no infectar a otros.
Como quien amó, cayó, y aún así sigue revisando el corazón como si aún le sirviera para algo más que sobrevivir.
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Esta no es mi redención.
Es mi zoológico interior cantando en voz alta.
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BESTIARIO POÉTICO DE LA SOMBRA (2022)
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