El 10 de diciembre no fue un día cualquiera. Fue un umbral invisible. Una fisura en el tiempo donde el pasado, como un animal dormido, despertó sin hacer ruido. Y entonces sucedió: el reencuentro.
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De un lado del lienzo, colgado con la dignidad de lo que espera sin impaciencia: mi retrato de Oswaldo Guayasamín, pintado hace quince años, cuando aún no sabía que la luz también quema. Cuando creía que el arte se hacía con las manos, y no con las ruinas.
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Del otro lado: el Dr. Fabián Betancourt, director del Museo Casa Oswaldo Guayasamín, testigo lúcido de esta escena en la que no solo se volvió a colgar una obra… sino a abrir un capítulo sellado con silencio.
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Y en el centro:
el Renacido.
Yo.
Jesús Lara Sotelo
Celebrando 36 años de vida artística, y enfrentándome al lienzo como quien se enfrenta a un espejo que ha estado esperando toda una vida para decir la verdad.
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Durante tres meses, esta obra estará expuesta en el Museo. Pero no es una exposición: es un altar. Una cita con algo que quedó inconcluso.
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Y aunque habité la sala como visitante temporal, su verdad es otra: esta pieza ya forma parte de la colección permanente del Museo Casa Guayasamín, ese territorio donde solo reposan las obras que han sido tocadas por el tiempo y bendecidas por la memoria.
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Porque el arte verdadero —como el amor, como la infancia, como la muerte— no termina nunca. Solo se esconde. Espera. Y regresa cuando entiende que el creador también está listo para renacer..
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Y al volver a mirar ese retrato, entendí lo que antes me estaba vedado:
Yo no pinté a Guayasamín.
Guayasamín me estaba pintando a mí.
Sus líneas eran espejos. Sus sombras, advertencias. Me enseñó que crear no es un acto ornamental, sino una forma de resistencia. Que el arte no se hace para decorar la vida, sino para sobrevivirla. Me enseñó que cada trazo puede ser una llaga… o una forma de sanarla.
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Y entonces lo vi: Ese joven que yo era.
Con los dedos manchados de fe y de vértigo.
Con el hambre de quien quiere decirlo todo antes de desaparecer.
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Hoy regresé a él —a mí—
-sobreviviente,
-renacido,
-más libre,
-más fuerte,
-más luminoso.
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Este reencuentro no fue una visita. Fue un rito. Una conversación muda entre el que pintó y el que por fin entendió lo que estaba pintando. Porque hay obras que solo revelan su sentido cuando el alma del artista ha sido suficientemente golpeada como para mirar sin miedo.
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El cuadro no me miró con reproche. Me miró como quien siempre supo que volvería. Con la ternura del que espera sin juzgar.
Y en ese instante, recordé un poema que escribí hace años. Una plegaria sin religión, un mapa secreto:
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El arte es un animal dormido
que solo despierta
cuando el creador
ya ha aprendido a sangrar sin odio.
Hay cuadros que no se terminan…
se encarnan.
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Gracias, Dr. Betancourt, por abrir las puertas del Museo. Gracias por permitir que mi pasado no solo se mostrara, sino que respirara. Y gracias a la vida, que tuvo el coraje de devolverme justo cuando mi luz —por fin— dejaba de doler.
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Hoy sé lo que Guayasamín me dijo sin voz, pero con trazo firme:
«El arte nunca olvida al que lo creó. Solo espera a que el creador vuelva con el alma abierta.»
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— Jesús Lara Sotelo
36 años de vida artística
y un cuadro que ya no cuelga en la pared… sino dentro de mí.






