.
La fotografía de Jesús Lara Sotelo (2013) nos muestra un momento donde el cuerpo —el suyo y los esculpidos— actúa como núcleo simbólico de su discurso visual. Él está de pie entre dos figuras que no posan: advierten. A la izquierda, una escultura densa, oscura, enmarañada de cables, texturas y ataduras. A la derecha, una figura translúcida, vendada, frágil, casi espectral. Él al centro, con el torso semidesnudo, como si su cuerpo fuera el eje de esa tensión estética, filosófica y existencial: el artista como médium entre lo oculto y lo revelado, entre el trauma y la forma.
.
La escenografía no es casual. En la pared se leen sus obsesiones: la palabra inscrita sobre siluetas, los relieves matéricos que evocan tejidos humanos, redes neuronales o raíces.
.
Hay una voluntad de tejido, de encierro y de salida. El sombrero y la mirada fija le dan un aire de testigo lúcido, mientras su gesto corporal —firme pero abierto— sugiere dominio sin rigidez: el artista como quien ha atravesado el caos y ha decidido organizarlo sin traicionarlo.
.
Esta imagen es también una coreografía del yo fragmentado. Las esculturas que lo flanquean podrían ser versiones previas de sí mismo: una más cruda y opaca, otra más fantasmal y contenedora. Como si en ese triángulo visual se narrara el tránsito de la subjetividad a través del arte: de la asfixia al silencio, de la oscuridad a la transparencia, sin que ninguna opción resulte completamente liberadora.
.
La fotografía no busca estetizar, sino documentar una ética de la forma. Es un manifiesto mudo que susurra: “Aquí estoy, partido, visible, reconstruido. No para gustar. Sino para existir con testimonio.”
.






