El peluche que no se dejó querer
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Este objeto —una pieza escultórica que aún conserva la memoria formal de un peluche infantil— ha sido sometido a un proceso de endurecimiento matérico. Jesús Lara Sotelo, como en tantas de sus obras, recurre a lo que ha sido tocado por la vida. Pero esta vez no para rescatarlo, sino para declararlo irreparable.
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Desde el psicoanálisis, podría decirse que esta es la “escenificación congelada del trauma”: el sujeto, ante la amenaza de una nueva pérdida, elige romper aquello que ama antes de que se lo quiten. Lo que vemos no es solo un peluche intervenido, sino la solidificación de un mecanismo defensivo. Es la cristalización de una defensa primitiva: “si lo destruyo yo, el otro no podrá hacerlo”. El peluche está ahí, pero ya no es un juguete. Es una reliquia endurecida de la ternura pasada. En su superficie rugosa, metálica, se agolpan capas de abandono, furia, amor infantil encapsulado y lodo emocional.
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Ya no sirve para abrazar. No puede ser apretado. No puede ser roto. Pero sí puede ser expuesto. Y mirado. Y leído.
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Biografía emocional de un objeto
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En 2010, tras un proceso de separación personal, el artista recibió por error una maleta con objetos que no le correspondían del todo: ropas de su hija, prendas de su exesposa, fragmentos de una vida compartida. Entre ellos, este peluche. Lo que podía haber sido devuelto o almacenado como residuo emocional, fue transformado en pieza. La obra nace como un acto de duelo y maduración estética. La suavidad sentimental, al igual que el material del oso, fue reemplazada por una corteza de protección simbólica.
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Este “acto escultórico” es también un gesto existencial. No se modela desde la nada. Se reconfigura desde lo vivido. Es arte como digestión del vínculo: una forma de que el dolor no destruya, sino produzca algo que se pueda mostrar sin pedir perdón.
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Simbolismo y política de la ternura
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El gesto de “endurecer” un objeto tierno no es solo autobiográfico, es también social. En tiempos donde la vulnerabilidad es vista como debilidad, esta obra encarna una crítica al mandato de fortaleza. El peluche es lo que todos fuimos: algo blando en un mundo áspero. Pero también representa lo que nos obligaron a ser: algo áspero para no ser vulnerables.
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La pieza apunta a las políticas del afecto. ¿A quién se le permite mantener su blandura? ¿Quién puede seguir siendo abrazable sin riesgo de desaparición? En este caso, la ternura se preserva… blindándola. Es una metáfora para generaciones que crecieron con miedo al apego, al despojo, al amor que termina con una mudanza o una maleta mal armada.
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Lo poético del endurecimiento
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Desde la filosofía, podríamos vincular esta obra con la frase nietzscheana: “Lo que no me mata me endurece”. Pero aquí el giro es más trágico y sofisticado: “Lo que me amó y luego me dejó… ya no puede tocarme”.
El osito no fue asesinado. Fue disecado emocionalmente.
No murió: fue blindado.
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Fragmento de entrevista realizada al artista
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—¿Por qué decidiste endurecer el peluche en lugar de conservarlo?
—Porque ya había sido blando demasiado tiempo. Lo abracé una vez. Y esa vez fue suficiente para que duela para siempre. Ahora lo abrazo con la vista. Como se hace con los recuerdos que ya no caben en la cama.
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—¿Y no es una forma de castigo?
—No. Es una forma de museo. Yo no castigo lo que amé. Solo intento que no se destruya mientras lo olvido.
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Conclusión
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«Osito preparado para el fin del mundo» es una obra que transita entre la escultura, la psicomagia y la poesía material. Lo que Jesús Lara ha hecho aquí no es endurecer un peluche: es construir un altar para lo que no supo cómo doler sin romperse.
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El espectador que se atreva a mirar de cerca tal vez no se conmueva por el objeto, sino por lo que el objeto ya no puede ofrecer.
Y eso, en tiempos de emociones descartables, ya es un gesto revolucionario.
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Oración del peluche atrincherado
(Poema de Jesús Lara Sotelo)
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Rompí el juguete antes de dormir,
para no soñar con el robo.
Cubrí su ternura con costras,
porque a veces la herida
es la única armadura que tenemos.
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- Pacto con la almohada
Le conté mis miedos al algodón,
y me juró silencio hasta el amanecer.
Pero no confíes en los objetos suaves:
tienen memoria de espuma
y graban los gritos sin ruido.
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2. Zoológico de exilios
Guardé mis afectos en jaulas pequeñas:
un tigre de trapo sin rayas,
una jirafa que olvida su altura,
un león que ruge hacia dentro.
Visito ese zoológico por las noches.
Siempre salgo más domesticado.
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(Jesús Lara Sotelo. Del archivo “Retablos del subconsciente”. Edición inédita, 2025)






