Un retablo hecho con ropa usada no es un objeto. Es una decisión estética con carga biográfica. En 2010 reconstruí un fragmento de mí mismo -no desde la pintura, sino desde la prenda-. Camisas que alguna vez abrazaron, pantalones que alguna vez caminaron juntos, telas que todavía llevaban el olor de una familia disuelta. No era arte textil: era arte testicular, visceral, del que no teme arrastrar con ella todo lo que fue indecente o inapropiado guardar. Lo íntimo se volvió visible, y lo visible, insoportablemente cierto.
.
Cada costura delata una herida que no sanó. El retablo se alza como un altar profano, tejido no por devoción religiosa, sino por necesidad emocional. Lo que mi mente no logró descartar, el arte lo convirtió en forma. Por eso esta pieza no está hecha de materiales: está hecha de exilios íntimos. Todos conviven como espectros en este mapa de tela y ausencia. En cada doblez hay una tregua rota, en cada pespunte una decisión no tomada. Es la historia de los cuerpos no vividos en voz alta.
.

.
Desde el psicoanálisis, el retablo funciona como una condensación onírica. Los objetos no están allí por estética, sino por pulsión. Freud hablaría de sublimación, Lacan del retorno de lo reprimido. Aquí no hay una sola narrativa: hay superposición de planos afectivos. Una infancia reencontrada en la manga de una blusa, un deseo encerrado en el forro de un pantalón, una despedida cosida a mano. La ropa no representa: recuerda. No decora: revela. Es un inconsciente que se volvió textil, sin pedir permiso a la lógica del arte.
.
En clave filosófica, esta obra responde al dictum nietzscheano: “Uno debe tener caos dentro de sí para dar a luz una estrella danzante”. Pero Lara no da a luz: da a carne, da a forma, da a mundo. No busca redención. Busca estructura al desgarro.
.
Si el arte ha de ser algo más que decoración, es esto: un artefacto existencial que nos confronta. Una especie de cuerpo expandido donde los órganos son emociones y las cicatrices, costuras visibles. Es el lugar donde el dolor no pide perdón, solo espacio.
.

Neurocientíficamente, las texturas activan memorias somatosensoriales. El espectador no solo mira: rememora. Las zonas del cerebro asociadas a la pérdida, el apego y la melancolía se encienden. No porque el espectador conozca la historia del artista, sino porque todos —en algún punto— quisimos coser de vuelta lo que ya no tenía cuerpo. Lo que se tocó y ya no se toca, lo que se fue y se sigue oliendo.
.
Mitológicamente, el retablo remite a Orfeo descendiendo a los infiernos, no para salvar a Eurídice, sino para recolectar fragmentos de sí. O a Penélope tejiendo, no por fidelidad, sino para no perder la cabeza en el silencio. Es un gesto ancestral: convertir lo doméstico en símbolo. Cada trapo, una memoria. Cada mancha, una confesión.
.

No es una casualidad que esta obra haya nacido después de que otra —más grande, más ambiciosa— no sobreviviera al alcoholismo. La muerte simbólica de una pieza dio lugar al nacimiento de otra que no pide ser monumental, sino memoriosa. No pinté con óleo: cosí con historia. No trabajé desde el trazo, sino desde el fragmento. El retablo es, entonces, la prueba de que lo pequeño también puede contener lo absoluto.
.
No tenía la menor intención de hacer arte con esas ropas. Solo que no podía tirarlas. Y un día, entendí que lo que no se quedó en el cuerpo, se podía quedar en la madera.
.
Y esa madera —testigo y víctima— lleva ahora en sus vetas las fibras de lo perdido. Esta obra no se contempla: se sobrevive. Es un espejo con memoria que no busca que te reconozcas, sino que te duela justo donde creías haber cerrado la herida.







