Ritual de iniciación (2022) no representa un ritual: lo contiene. Su forma cóncava y tensa, envuelta en materia negra y rugosa, encierra un conjunto de esferas doradas que no adornan: advierten. Es un altar roto, un útero blindado, una barca suspendida antes del cruce definitivo. Y todo en ella habla desde el pliegue, desde el nudo, desde lo que aún vibra aunque parezca detenido. Como ha dicho el propio autor:
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La escultura es eso que hago cuando el dolor ya no cabe en el cuerpo… y necesito envolverlo en algo más decorativo.
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En este Ritual de iniciación, no se inicia nada: se constata la fractura. Es un pasaje sin gloria ni destino claro. La tensión de los hilos no busca sujeción: es el eco de lo que intentamos contener cuando el alma no tiene lenguaje.
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Le puse oro adentro para que la desesperanza no se notara tanto desde fuera.
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La pieza es también una broma cruel, un exvoto abstracto para quien ya no cree pero aún necesita dejar constancia. Porque la belleza aquí no consuela: aprieta.
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Si esta escultura hablara, no diría nada. Te miraría fijo hasta que entendieras que fuiste tú quien se ató.
No es escultura. Es el exvoto de una versión mía que murió en silencio, pero con buena postura.
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Ritual de iniciación es también una pieza sobre lo que el arte no puede salvar, pero puede contener. El cuerpo de la obra no está vivo, pero no está muerto. Está suspendido. Como nosotros. Como toda pregunta sin respuesta, pero con forma.
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La cuerda no sujeta la obra: sujeta mis impulsos de romperlo todo otra vez.
El negro lo cubre todo, menos el brillo de lo que no quise soltar.
El arte no me salvó. Me permitió quedarme aquí… sin explicación, pero con pedestal.
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Así, esta escultura se vuelve espejo, nido, trampa y testimonio. No ofrece respuestas. Solo la certeza de que cruzar duele, y quedarse también. Pero al menos aquí, el abismo tiene estructura. Ritual de iniciación: porque llegar hasta aquí dolió tanto que merecía un altar sin religión.
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«Lo tridimensional no es volumen. Es angustia estabilizada.»

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