Bienvenidos a mi mural “Salida”, esa especie de paisaje donde la esperanza a veces asoma la cabeza, pero nunca firma contrato. No se dejen engañar por los verdes, los respiros o las luces borrosas: esto no es un paisaje. Es mi cartografía emocional cuando aún estaba tratando de convencerme de que vivir valía el riesgo. Pinté esta obra en los primeros años de mi sobriedad. O como me gusta llamarlo: cuando el alma aún temblaba como gelatina filosófica y yo confundía el insomnio con iluminación.

No la concebí para adornar una sala de espera. A menos que uno quiera que el visitante salga huyendo… pero más lúcido.
Desde el fondo de mis neurosis, esta pintura fue mi mejor argumento visual contra el derrumbe. Lacan se lo hubiera pasado en grande, Freud se habría encendido un puro (prohibido por su médico) y habría dicho: “esto no es arte, es confesión con pigmento”.
Desde mi propio sistema límbico, te aseguro que el color no tranquiliza: al contrario, activa las alarmas afectivas. Pinté desde la memoria muscular de lo reprimido, desde la ansiedad sin traducción. Cada zona verde es un deseo que no supe formular, cada niebla una despedida mal elaborada.
Nietzsche probablemente se habría reído de mi intento por ordenar el caos, pero sé que habría respetado esta arquitectura emocional. No busqué salvarme: intenté construirme con dignidad mientras aún temblaba.
Y si hablamos de mitología, entonces Salida es mi Odisea sin regreso. No hay Penélope esperándome, solo un héroe roto en medio de una rotonda afectiva. Pero al menos tengo pigmento. Y una especie de brújula hecha con cicatrices.

Sí, puede parecer exagerado, pero ¿cómo se exagera un umbral entre sobrevivir y decirlo?
Esta obra no grita.
Susurra lo que no pude decir en voz alta: que a veces uno necesita perderse bonito para no encontrarse de golpe y sin poesía.
Salida no es una promesa.
Es una advertencia elegante.
Y un mapa para los que todavía creemos que el arte es una forma de no morir del todo.







