Yo ya fui ceniza: el arte como mi cuerpo que arde.
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¿Qué sentido tiene la forma si no contiene un grito?
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¿De qué está hecho el silencio cuando ya no queda nadie para escuchar?
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¿Y si la belleza no fuera una promesa, sino un residuo?
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I. No vine a decorar tu sala
No sé si pinto para salvarme o para tener una excusa digna mientras me hundo. Lo que sí sé es que no pinto para gustar. No pinto para galerías blancas, ni para curadores con miedo al barro. Pinto porque si no lo hiciera, me mataría. Y no en sentido poético. Literalmente.
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El arte no me dio alas. Me dio un espejo. Uno cruel, de esos que te muestran hasta el temblor que finges no sentir. Cada obra mía nace como un exorcismo emocional. Lo embellezco después. A veces.
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No existe obra inocente. Incluso el silencio lleva sangre en su centro.
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II. Mi cuerpo es mi manifiesto
No necesito modelos. Me basta con lo que soy: una suma de heridas mal cerradas. El cuerpo, en mi obra, no representa: **recuerda**. Recuerda lo que la mente borra para seguir funcionando. Por eso pinto carne abierta, torsos desarmados, figuras que parecen haber sobrevivido a algo que ni siquiera pueden contar.
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Y cuando pinto selvas, no estoy pensando en la naturaleza. Pienso en la psique. En esa jungla donde uno se pierde a propósito porque la salida da más miedo que el laberinto.
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Arrival no es una metáfora futurista. Es una rendición. Una nave que se deja comer por el musgo. Como yo, muchas veces: tragado por lo que creé para huir de mí mismo.
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¿Puede el alma retroceder sin ser cobarde?
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El cuerpo es el lenguaje de lo que ya no puede decirse con palabras.
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III. Yo soy mi propio testigo
No me interesa contar mi vida, pero tampoco puedo esconderla. Fui adicto. Estuve a punto de matarme. Toqué fondo tantas veces que me aprendí el eco. No sobreviví por fuerza. Sobreviví por obstinación. Y después del fondo, encontré esto: una forma de gritar que no suena como grito, pero quema igual.
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Cada obra es un pedazo de eso. No hay redención limpia. Hay barro, hay culpa, hay cuerpos que ya no quieren ser tocados. Pero también hay luz. Una luz que no ilumina, que no salva. Pero alumbra el camino justo antes del abismo.
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A veces la fe es solo la insistencia de seguir respirando cuando todo arde.
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IV. No soy artista. Soy médium
Uso lo que haga falta. Óleo, cerámica, fotografía, poesía, performance, diseño, carne. Todo es válido cuando lo que intentas decir no cabe en una sola forma. No me interesan las categorías. Me interesa la intensidad.
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No hago arte interdisciplinario. Hago arte insomne. Mis obras no duermen. Vigilan. Atormentan. Acompañan. Como una voz en tu oído a las tres de la mañana que no sabes si es tuya o de alguien que ya murió.
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¿Puede un trazo tener temperatura? ¿Puede la materia pensar por nosotros?
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V. Filosofía sin prólogos
No cito libros. Los digiero. A veces los vomito. Leo a Nietzsche, a Weil, a Artaud, pero no para parecer profundo. Los leo porque son los pocos que entienden que pensar duele. Que la lucidez es un castigo. Que el arte no consuela. Te desnuda.
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Los símbolos me eligen. Martí aparece porque yo también me partí en mil fragmentos. La cruz sangra porque no creo en redenciones sin precio. El cuerpo mutilado no es recurso visual. Es documento.
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Lo simbólico es un grito antiguo disfrazado de forma.
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¿Dónde empieza lo sagrado si el templo ya no existe?
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VI. Mi mística no cabe en tu iglesia
No busco respuestas. Busco contacto. No quiero rezos. Quiero temblores. Mi arte es una oración escrita con sangre seca y lodo fresco. Es una misa sin sacerdote. Un exorcismo donde el demonio soy yo.
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A veces pienso que el verdadero arte no se ve: se sobrevive. Mis cuadros son campos de batalla. Mis esculturas, lápidas vivas. Mis performances, pulsos de una rabia que aprendió a cantar.
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El arte no redime. Pero puede dar sentido a la condena.
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VII. Que mi obra incomode, o no sirva
Desde Cuba, sí. Pero también desde un cuarto sin ventanas, desde una voz rota, desde un cuerpo que se negó a extinguirse sin antes decir algo brutalmente cierto. Hago arte como otros respiran: por necesidad química. Si no lo saco, me ahogo.
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No quiero museos. No quiero aplausos. Quiero ojos abiertos de par en par. No quiero gloria. Quiero decir la verdad antes de que el mundo vuelva a dormirse.
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¿Y si el arte fuera el último lugar donde el alma puede decir lo que el mundo no quiere oír?
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