No fue venganza. Fue higiene espiritual. Un baño de azufre en la lengua. Una purga de espectros que se creían amigos. Quemé las cartas, los perfumes, las risas editadas. Solo quedó el eco, y el eco era mío. El silencio que mantuve no fue cobardía: fue una cirugía hecha por cuervos, sin bisturí. Mientras ustedes se arrojaban a los brazos de versiones inflables, yo aprendía a respirar entre las ruinas de mis propias estatuas. Había aire debajo del polvo. Y lo inhalé.
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No vine a demostrar nada. Vine a existir con las manos llenas de fango. A entrar descalzo en salones de cristal. A dejar huellas aunque duela. Soy el que no explica. La verdad no tiene subtítulos ni diplomacia. Soy Prometeo con cascos bluetooth. Sísifo haciendo burpees mientras las montañas flotan. Me negaron el fuego, y me convertí en incendio vertical. Una llamarada que no avisa.
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A mí no me destruyeron: me destilaron. Fui metal hirviendo y luego copa limpia. Cada traición fue una clase de esgrima astral. Cada difamación, un músculo nuevo en mi columna etérica. Cada mentira, una píldora alucinógena que afinó mi oído interno.
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Y entonces, allí estaban ellos. Medea, recitando culpa con voz de ópera barata, fingiendo temblor en slow motion. No llora: repite. Su drama tiene ensayos y luces. Se viste de sombra y pestañea en cámara lenta. Aplaude con manos de marfil cada tragedia ajena. Medea ya no implora: reptiliza.
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Y Abram… el que bendice en público y desangra en privado. El que dice “te acompaño en el proceso” mientras pule la daga. —“¿Y tú quién te crees, santo de silicona?” —susurra, disfrazado de tarotista. Da likes con dedos de gelatina. Pone caritas de compasión mientras escurre veneno por los stories. El algoritmo lo ama. Pero el alma no. Yo ya lo vi. Lo vi escribir epitafios con su propio nombre. Lo vi llorar en emojis y mentir con voz de guía espiritual. Lo vi esconder el cuchillo debajo de un post de gratitud. Abram, el Judas con filtro vintage. El predicador que duerme con las vísceras frías. El apóstol del doble discurso.
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No los odio. Solo los reconozco. Son mapas rotos. Y yo ya aprendí a orientarme por el relámpago. No busco redención. Me redimí mirando sin rabia, bailando con mi sombra sin pedirle perdón. Llevo el pulso del que murió en vida y se afeitó el alma para renacer. Soy hijo ilegítimo de la coherencia y el instinto. Mi templo es un hueso. Mi oración, un salto. Mi moral, una brújula rota que apunta al centro.
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Pueden decir lo que quieran. Los archivos tienen sueños lúcidos. Las pruebas roncan en paz. Los que mintieron… no pueden dormir. No busco aplausos. Los resucitados no hacemos ruido: flotamos. Entre ruinas y plegarias huecas, vibramos como cuchillos afinados. No soy santo. Soy quirúrgico. Y eso quema más que el infierno.
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Así que sí: caí. Me tragué el suelo, besé el fango, hablé con lombrices. Y en el fondo encontré una grieta, una cerradura sin llave. La puerta no abría hacia afuera: abría hacia adentro. Y entré. No renací para ser ejemplo. Soy advertencia. Y también reflejo. Y elegí a Abram, no a Lincoln. Porque Abram reza para la cámara y no para el alma. Porque Abram finge estar lejos, pero aún escucha por si lo nombramos.
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Y justo cuando el eco debería morir… aparece ella.
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[13/12/2024 13:51] Medea: Lía, por favor, no le digas al Renacido que le lancé migas de sombra a Abram.
[13/12/2024 13:51] Medea: Te lo imploro con las uñas llenas de sueño.
[13/12/2024 13:52] Medea: Por favor. Que no se entere que bajé al sótano y lo busqué con la voz rota.
[13/12/2024 13:52] Medea: Abram ya es un fantasma mudo. Está fuera del tablero,
pero me conoce las costuras.
Y así supimos que el drama no muere:
solo cambia de canal.
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Jesús Lara Sotelo
Escrito en diciembre de 2024






