Durante la XV Bienal de La Habana, el maestro Jesús Lara Sotelo (La Habana, 1972) presenta la exposición colateral Absurdo claro casi negro en la galería de la Casa de la Poesía, en la calle Mercaderes 16. Con la muestra, integrada por fotografías, videoartes y cuentos en formato auditivo extraídos de su libro El arte de la evasión (Punto Rojo Libros, 2019, con prólogo del ensayista Alberto Garrandés y la poeta Marilyn Bobes), cierra el ciclo de celebraciones por sus 35 años de vida artística. En esta oportunidad ahondaremos en la obra fotográfica, una de sus líneas de trabajo menos conocida, pero de gran peso y complejidad dentro del engranaje creativo.
El quehacer fotográfico ha evolucionado en paralelo al resto de los géneros en los que incursiona el artista. Desde la década de los 90, realiza series de naturaleza como Revelaciones (1993) y Tras la resina (1995) que denotan el tono abstracto que desarrollaba en el orden pictórico, y a la vez, se imbrican con los discursos poéticos de libros escritos por esa fecha como ¿Quién eres tú, God de Magod? (1991) y Paradoja: Capítulo al éxtasis (1994).

El paisaje urbano fue otro de los temas de interés explorado en series como Citadinas (2006), Collage (2006) y más adelante en Hálito de resistencia (2012), Circularidad de las proposiciones (2014) y Suite Habanísima (2014). Recreando una aguda visión sobre la dinámica de la ciudad, las fotografías de estas series son una alegoría de la soledad y el vacío existencial del ser contemporáneo, temas ahondados en libros como Ojo sencillo (inédito, 2007), Mitología del extremo (prologado por el ensayista y crítico de arte Rufo Caballero en 2009) y Domos Magicvs (Editorial Extramuros, 2013, y prólogo del Premio Nacional de Literatura César López).
A partir del año 2012 y hasta la fecha, Sotelo dirige su lente hacia la figura humana y sus problemáticas, haciendo una rica imbricación con el arte digital y la inteligencia artificial. En series como El sibarita y la modelo, El tecnócrata y la modelo, Semen-Terio, Absurdo claro casi negro, Zen sin Sade y Mujeres, las composiciones son muy narrativas y poseen un dramatismo acentuado por la iluminación y el contraste blanco y negro que mucho tienen que ver con la visualidad de los videoartes que realiza. Sobre esta pluralidad creativa, el crítico de arte y ensayista cubano Rafael Acosta de Arriba señaló a propósito de la pasada exposición personal Arborescencias presentada en la galería El reino de este mundo de la Biblioteca Nacional José Martí:
Lara ha sido, pues, uno y muchos artistas al mismo tiempo. Su dominio del arte fotográfico es total, igual ocurre con las piezas volumétricas y con la figuración en cualquier soporte. Es un artista que conceptualiza muy bien su trabajo y lo pone a dialogar con sus aforismos y poemas, lo que da por resultado una comprensión a fondo y poliédrica de la imagen.
En la presente muestra, las obras fotográficas seleccionadas son inéditas, y sobre el diálogo con los audiovisuales y los poemas auditivos conversamos a continuación:

Jesús, siendo un artista que ha desarrollado paralelamente la pintura y la escritura por más de tres décadas, ¿Cómo llega a la fotografía? ¿Qué le impulsó a explorar este medio?
Jesús Lara Sotelo (JLS): La fotografía apareció como un relámpago detenido, como si el tiempo se dejara atrapar por unos segundos. No fue un cambio, sino una extensión natural, un recurso para capturar lo que en el lienzo o la palabra se escapa, una grieta en el velo de lo cotidiano. Con la cámara en mano, me convierto en testigo de algo que existe antes de mi propia intención, como si la escena quisiera hablar y yo solo tuviera que abrir el oído para escucharla. Al final, fotografiar es una danza con lo efímero, con lo que queda más allá del alcance de la vista.
¿Considera usted que existen diferencias en la manera en que aborda la fotografía respecto a la pintura?
JLS: Con la pintura, navego en un océano de posibilidades desentrañando capas de color y forma; con la fotografía, intento encapsular una chispa, un destello irrepetible. Ambos caminos buscan revelar un fragmento de verdad, aunque el fotógrafo siempre se debate con la paradoja del instante, de aquello que apenas puede ser visto. En cada fotografía hay un espejo, y en ese espejo, un reflejo nuestro que no vemos con claridad; sin embargo, allí está, aguardando.

La luz parece tener un papel crucial en sus fotografías. ¿Concibe la luz como un personaje más dentro de esta narrativa visual?
JLS: La luz es un misterio en sí misma, una alquimia que descompone y construye la realidad. Cuando capturo una imagen, dejo que sea ella quien guíe, que tenga la última palabra. A veces parece que la luz busca, no iluminar, sino ocultar, señalar algo más allá del primer plano. En mis fotos, la luz no solo revela; también esconde, dejándonos entrever un fragmento de lo no dicho, de lo que resuena en el silencio.
¿Qué papel juega el tiempo en tus fotografías?
JLS: El tiempo es la esencia de la fotografía, pero también su propio límite. Al atrapar el momento, lo encapsulamos, pero en el fondo el tiempo sigue vibrando en silencio. Es como un eco que apenas puede oírse. Quiero que el espectador sienta esa vibración, que cada imagen sea un diálogo con algo intemporal, algo que aún respira en la superficie pero que pertenece a otra dimensión. Después de todo, cada fotografía es un retazo de eternidad.
¿Considera que existen diferencias entre el “yo” fotógrafo y el “yo” pintor o escritor?
JLS: Cada “yo” sostiene una linterna distinta. Mi “yo” pintor deambula en mares profundos, construye sueños en los colores. El “yo” escritor disecciona, interpreta, transcribe en palabras lo que no se dice en gestos. Pero el fotógrafo… el fotógrafo es un monje zen. Sabe que todo sucede en un segundo, sin margen para el error ni la repetición. Tal vez es el “yo” más despierto de todos, el más humilde, el que observa sin interferir, consciente de que lo que captura nunca le pertenece por completo.

Jesús, en sus obras fotográficas, especialmente en piezas como Heil Dementia hay una especie de confrontación con el objeto fotografiado, casi como si buscara un diálogo. ¿Podría contarnos más sobre ese proceso y si alguna teoría psicoanalítica ha influido en él?
JLS: Heil Dementia es un intento de dialogar con el olvido, no solo en el sentido personal, sino también en el colectivo. La fotografía en esta obra se convierte en una especie de espejo roto, reflejando una realidad que queremos ignorar, una sociedad en proceso de desintegración emocional. En cierto modo, la imagen es un ejercicio freudiano de exponer lo reprimido: un recuerdo que quiere emerger a la conciencia, aunque lo haga de una forma difusa, fragmentada.
Pensar en el objeto fotografiado como un símbolo del otro -ese concepto lacaniano que nos observa y que contiene lo que no reconocemos en nosotros mismos- hace que el acto de fotografiar sea casi un ritual de confrontación. En Heil Dementia el objeto parece tener vida propia, cuestionando al espectador, planteando preguntas sobre la identidad y la decadencia, como si desafiara la idea misma de quién observa a quién.

¿Podría compartir alguna anécdota que haya marcado su perspectiva en la fotografía y que se refleje en obras como Heil Dementia?
JLS: Recuerdo una vez, caminando por una vieja fábrica en ruinas, vi un espacio que parecía estar atrapado en el tiempo, con máquinas que ya no funcionaban, pero que aún parecían susurrar. En ese lugar encontré un cartel viejo, oxidado, donde apenas se leían las letras “HEIL.” Algo me hizo capturarlo; fue como ver el rostro de una memoria herida. Esa experiencia fue casi terapéutica, como si pudiera congelar no solo el abandono físico, sino la memoria rota de ese espacio.
Ese recuerdo luego se convirtió en parte de Heil Dementia, una pieza donde cada fragmento del cuadro dialoga con lo que queremos olvidar, con el paso de los años y las huellas de la demencia, no solo individual sino también colectiva. Me hizo pensar en cómo la fotografía puede capturar un eco, una pulsión de muerte en el sentido freudiano, algo que quiere desmoronarse pero que también quiere ser visto.
Usted menciona ese eco de lo reprimido, lo que Freud y Lacan podrían llamar “lo ominoso” o “lo siniestro”. ¿Otros autores han influido en su forma de mirar estos temas en sus fotografías?
JLS: Además de los pilares psicoanalíticos, he sentido una conexión especial con escritores como Jorge Luis Borges y Marcel Proust, quienes exploran la memoria y el tiempo desde una perspectiva tanto filosófica como visual. Borges, en particular, con su obsesión por los espejos y los laberintos, nos lleva a pensar en la fotografía como un reflejo incompleto, como un laberinto donde el tiempo se duplica y se multiplica en cada imagen. En la fotografía, como en un cuento de Borges, uno encuentra un universo condensado, donde lo visible es solo una pequeña fracción de lo que realmente existe.
Además, en la fotografía contemporánea, encuentro el trabajo de Cindy Sherman fascinante. Sus retratos son personajes que existen en la frontera entre la identidad y la máscara, en la intersección de lo real y lo construido. En Heil Dementia, juego con esa frontera: el objeto fotografiado puede ser a la vez familiar y extraño, un recordatorio de que el ser humano y su historia, se esconden en las ruinas de lo que alguna vez fue.

¿Cree que existe una especie de análisis entre el objeto y el fotógrafo?
JLS: Absolutamente. Fotografiar es una disección, una confrontación donde el fotógrafo busca entender el objeto, pero también se entiende a sí mismo. Cada fotografía se convierte en un archivo de nuestra propia percepción y de nuestra sombra. Podría decir que cada obra es un ejercicio psicoanalítico donde el objeto me devuelve una parte de mí mismo, una pregunta que aún no sé responder, un rostro que no termino de reconocer.

La narratividad del lenguaje visual, audiovisual y literario de tu obra convergen en Absurdo claro casi negro. ¿Te interesa que el legado de tu trabajo artístico sea identificado bajo un sello específico para la posteridad, o prefieres que permanezca en constante transformación y redefinición?
La idea de un sello específico para mi obra es, a la vez, una tentación y una trampa. Absurdo claro casi negro no es tanto un estilo como una pulsación, un eco de los tiempos en los que habitamos y una declaración de la naturaleza fragmentada de nuestra percepción. No busco que mi legado sea un conjunto de obras que puedan encerrarse bajo una sola etiqueta, sino más bien un registro vivo y cambiante, como un diario cósmico de experiencias humanas. La transformación constante y la ambigüedad son esenciales para esa narrativa; reflejan la incertidumbre, la belleza y el absurdo de la existencia misma.
Mi aspiración no es que la posteridad lo vea como algo estático, sino como una exploración abierta, que incluso en su aparente desorden y oscuridad, emana claridad para quien sabe mirar. Quisiera que mi obra sobreviva como una pieza en construcción, que desafíe a los futuros observadores a seguir extrayendo fragmentos de sentido en sus propios términos. En última instancia, el sello no lo impongo yo; es una consecuencia de cómo el tiempo y cada espectador decidirán apropiarse de ella.







