“El viento siempre, el viento detenido”. Gastón Baquero
El primer pintor que conocí en la infancia respondía al seudónimo de Guayacanes. Tal vez porque procedía de aquella otra zona, repleta de caseríos, palmas y palomas como el Tamarindo de mis obsesiones. Era un hombre rústico y se emborrachaba con frecuencia, un ser a caballo entre el bohemio -en su variante amarga- y el labriego. Sus obras se me aparecen en el recuerdo remoto como muy esmaltadas, chillonas. A decir verdad, sus cañadas o arroyuelos eran menos hermosos que los que latían con solo abrir una ventana al primer canto de los gallos. Puede que, del dolor o la manquedad del primer paisajista en la memoria, de la desigual competencia estética con las espléndidas décimas o tonadas que vertebran mi educación sentimental, me venga cierto desamor por el paisaje puro, por la estática reproducción que se da la mano con la fotografía o no hurga en los vericuetos sentimentales de recodos y parajes que el artista deposita en el lienzo con más de destreza que de pasión.
Jesús Lara salta a mis remilgos, me reconcilia, casi de un golpe, con el género. ¿O será que no puede hablarse de paisajismo ante las texturas, el desborde intencionado de color de estas obras?
Frente a la profundidad del artista uno tiende a alejarse, achicarse, buscar ángulos que tornan coherente su actual combinación entre el hechizo de la tela y el alma inquieta del audiovisual. Cuando hablo de profundo no evoco la literalidad de la cosa honda, materia trascendente, cualidad discursiva. Aquí hay raíces encajadas hasta bien dentro de la tierra húmeda o agrietada, remolinos de sustancia luminosa que desbordan los límites de lo cotidiano y entran, punzan, se meten hasta inefables resquicios de la espiritualidad. ¡Y esa rama partida que el viento “batuquea”, dándole forma de lanza o de culebra, en una primera mirada! ¿O es ella la que reina en un espacio que quiere subvertir, tornarlo curvo, poliforme, singular?

Marasmus. 2004. Sui Genesis Series. Oil on canvas. 80x100cm
Nada más lejos que la llamada –y muchas veces sublime en manos de los maestros- naturaleza muerta. Por aquí anduvo el hombre o irrumpirá en segundos. Este árbol puede prescindir de su fisonomía posterior porque allí donde termina el tronco en gorda raíz está a punto de echarse un ser humano para morder la resina de su angustia, compartir el hechizo del amor o entonar una plegaria que conjure el desamparo. Uno podría suponer que también haya ramas altas, pajaritos con nido y otros probables atributos. Pero muy bien pueden ausentarse. Lara nos pone como ante un buen primer plano cinematográfico en el que las piernas que están pisando la calle ahora mismo valen hasta separadas del rostro o de las manos que la complementan. El virtuosismo del dibujante y la reciedumbre del colorista sobrio y sostenido logran que uno no pueda contemplar el estallido de la presumible mazorca o la casi fiereza de las hojas sin ser a la vez observado, provocado, iluminado por el nivel de reto y sugerencia.
Un artista así me lleva a las resonancias del teatro, el arte de mi oficio, clamor y penitencia. Como en una buena función teatral, estas piezas variarán de utilidad sentimental o filosófica según la energía y complicidad que cada espectador deposite en el feraz contrapunteo. En mi inicial contacto con Lara, en la galería La Acacia, me evadí del forcejeo, pensé que había gusto, técnica, personalidad propia y seguí mi camino hacia la sombra del esbelto Capitolio Nacional. Las otras veces he llegado para entregarme; he permitido que me griten estos fantasmas entre parcos y jubilosos; tan inquietantes que, por suprema paradoja, pueden desembocar en una variante de paz. El dolor, el desasosiego, la búsqueda hambrienta de dicha perdurable también habrán de encontrar su paisaje. Con Lara lo aprendí y me quedé sin más remedio que evocar a otro de nuestros poetas esenciales. Sí, Lezama, no muy lejos de tu refugio de Trocadero, un muchacho negro y sonriente, de regreso de trampas y en viaje hacia delicadas conquistas del ser, se está sumando a tu reclamo:
Dance la luz reconciliando al hombre con sus dioses desdeñosos. Ambos sonrientes, diciendo los vencimientos de la muerte universal y la calidad tranquila de la luz.

Twilight. 2006. Sui generis series. Oil on canvas. 120cm x 150cm
La Habana, noviembre de 2006.
Amado del Pino






