
La década de los años 90 llegaba a su fin y Jesús Lara Sotelo se hallaba inmerso en la culminación de su serie de pintura abstracta Shanghái, daba inicio a una primera etapa como paisajista que se extendería por diez años y se proyectaba hacia el que sería su tercer libro, Zen sin Sade. Este poemario es, posiblemente, el que mejor ha resuelto -en esta primera etapa creativa- el misterio de la transmutación simbólica, puesto que en él se esclarece la imagen de un mundo aparentemente autónomo que en el fondo nunca llega a serlo.

La poesía de Zen sin Sade es capaz de expresar los efectos plásticos sobre los literarios sin pasar por alto las repercusiones poéticas que tienen lugar en las artes visuales. Se establecen de este modo, nuevas combinaciones que ayudan a ampliar el horizonte semántico, las cuales les conceden a los signos nuevos valores, y estos transmutarán una y otra vez, tanto como el lenguaje mismo lo permita. Por eso “observar la mancha gris que sin querer ha dejado en el lienzo” supone un proceso de recomposiciones no solo a nivel del lenguaje, sino de las experiencias particulares e irrepetibles que mediante el lenguaje se logran expresar.

Este efecto de las transmutaciones procura trasladar un sentido desde el espacio extraliterario que lo sustenta, hasta el espacio literario que lo significa. El poeta no intenta darnos imágenes simples y netas, sino que acoge la realidad en su espesura y la hace entrar en el poema, acentuando, incluso, que “ha leído a muchos poetas solo para comprobar que las manchas siempre estarán ahí como raíz húmeda que invitan a la succión”.
Los poemas se embarcan hacia una concéntrica circularidad de tropos que desplazan la idea de que el lenguaje poético solo versa sobre lo emotivo y lo evocativo dejando de lado la razón. El autor de Zen sin Sade no solo entiende la realidad, sino que se permite explicarla desde lo más profundo de la condición humana activando la cercanía al lenguaje y el movimiento de la palabra a la voluntad y al conocimiento.
Es esta una poesía que aproxima a la reflexión, da qué pensar. Sobre todo, porque va al encuentro entre la imagen y la idea, ya que es allí donde se manifiesta el pensamiento. Por lo cual, el poeta le da el sentido a las palabras con el que medita, observa, comprende y comparte hasta que le devuelve a la existencia esa extraña sensación de levedad, con la que gravita urgido entre texturas, matices, líneas intensas y de colores, una especie de collage íntimo que habita en un gran lienzo de “verano donde adorar lo espléndido de la vida”.

S/T. 2011. Serie Zen sin Sade. Backlight, 60x 84 cm






