(Arborescencias de Jesús Lara Sotelo)
Jesús Lara Sotelo (1972) es un artista conocido indistintamente por su pintura de paisaje, retratos, abstracciones o bien por su obra poética. Pero pocos saben, además, de su formación en el Diseño Mecánico y el interés que tempranamente despertó hacia la materialidad de las formas con un valioso trabajo que desembocaría en la escultura, la cerámica, la instalación.
Su viaje artístico fue autodidacta. La Biblioteca Nacional fue el espacio cardinal en su formación. Allí conoció sobre técnicas pictóricas, restauración, pintura, dibujo, también de periodismo y clásicos de la literatura. Tenía mucha sed de saber. La lectura de Franz Kafka, Frederick Nietzsche, Pablo Neruda, José Lezama Lima, Arthur Rimbaud, Edgar Allan Poe, José Martí, hizo que encontrara a sus propios maestros de juventud.
Para los años 90, escribe el poemario ¿Quién eres tú, God de Magod? (1991), Paradoja: Capítulo al éxtasis (1994) y Zen sin Sade (1999). Respecto a God de Magod, el desaparecido crítico de arte Rufo Caballero destacaba en el prólogo que este libro “alcanza a referir el descentramiento y la desolación del sujeto cubano joven a comienzos de los años noventa, justo cuando el país entraba en un periodo devastador. Los poemas de Lara anticipan, a nivel personal, una regresión que, años más tarde, llegaría a conocer testimonios electrizantes en el cine, la plástica, la canción”.

Al mismo tiempo Lara evolucionaba gradualmente hacia los diferentes modos de expresión como el dibujo, la abstracción, el retrato, la fotografía, mientras se afianzaba en el paisaje, que siempre tuvo peso en sus escenas. Esta cualidad de paisajista ganó un protagonismo fundamental en el grueso de la obra, contagiándola de lugares ni del todo reales ni completamente imaginarios. Series de cerámicas, retratos, abstracciones, dibujos, se colman de estas profundidades boscosas que no son más que la leyenda para simbolizar el complejo mapa de la naturaleza igualmente compleja del ser humano. Entonces percibimos que hay algo más. El paisaje no es paisaje en sí. Es dato, análisis e investigación sobre la condición humana.

Hay sitios en sus cuadros de una hondura selvática, que también lo son espirituales, mentales y psicológicas. El espacio físico conecta al entramado emocional. Las rutas son hacia bien adentro de estados mentales que bullen en la soledad y el silencio al recoger la veta sombría de la sociedad contemporánea y reconocer la desolación de la existencia humana.


Generalmente nos sentimos dentro del plano compositivo. Es tupido, pantanoso, atestado de raíces y de troncos, prácticamente inaccesibles, de fuerte humedad. El trazo, cercano a un puntillismo sin serlo propiamente. La paleta suele ser sombría con empastes densos resueltos a base de espátula que van desde los tonos verdosos a los amarillentos, algunos azulados. A propósito de la espátula, para realizar los primeros paisajes Lara hizo sus propias invenciones. Creó una herramienta con la cinta de metal de las antiguas cajas de tomate que teníamos en Cuba, y eso le permitió empastar el lienzo, crear capas. Es un instrumento muy riguroso, porque al menos en sus paisajes no es como si estuviera untando mantequilla sobre el pan. Cada puntada de espátula funciona como un pixel, solo que no se deforma. Queda como una materia orgánica que se une con cientos de miles creando una forma.



La metáfora pictórica de involucrar el complejo escenario de la mente humana a través de la representación paisajista, encubre y a la vez, devela misterios que se pueden sondear en Arborescencias, exposición de Jesús Lara en la Biblioteca Nacional de Cuba.

En lo relativo al paisaje, sabemos que el pintor no trabaja con fotografías, ni pone su caballete frente a un sitio específico para reproducirlo, ni apela a la memoria. Por tanto, el referente real permanece para nosotros inaccesible y esto le otorga un plus a la comprensión de una obra como Arrival perteneciente a la serie homónima Arborescencias (2023-2024).

Esta obra marca un punto y aparte en la ruta del paisaje de Jesús Lara Sotelo por la introducción de elementos ajenos a lo natural, en este caso, un dron. El ejercicio de ficción especulativa y crítica recurre a la idea de futurismo, y de volver sobre nuestros pasos en un ejercicio de memoria y de reinvención temporal y espacial. La ambigüedad tiene lugar cuando nos cuestionamos si la naturaleza y la tecnología se fusionan, o si busca, a través de distintos formatos, apelar a los sentidos y a la organización del mundo que se enfrenta y se resisten al modelo de futuro.


Desde su primera exposición personal Me refiero al hombre (Galería Tina Modotti, 1989) Jesús Lara interpreta directamente subjetividades humanas a base de puro trabajo pictórico. Uno de los cuadros más representativos en esa ocasión fue Hombres en la cueva, que inaugura intencionalmente el recorrido visual de la presente muestra. Es un cuadro en proceso de restauración, testigo de los 35 años de vida artística que celebra Sotelo, que no solo ilustra la teoría epistemológica de Platón, sino el papel de prisionero liberado que desempeña el arte (el artista) y la responsabilidad de guiar a otros hacia la luz, aunque ello implique enfrentarse a la incomprensión y la resistencia.


De aquella exposición iniciática con cierto aliento cubista o cezanneano, hasta hoy, es sorprendente la capacidad de mutación de Lara Sotelo en el camino de las búsquedas expresivas, las que contienen dentro de su ejecución una energía que se puede transformar en agente de rescate de todo aquello que como humanidad hemos perdido.

Los cuadros de Arborescencias son un depositario de espiritualidad, un viaje de reencuentro hacia nosotros mismos en la medida en que nos escudriñan diversos planos de análisis como lo que vemos, lo que sentimos, lo que mostramos, lo que escondemos, los traumas, las negociaciones interiores, los pactos con el ego, los intersticios del pensamiento, los laberintos, vericuetos y misterios más íntimos de la mente, constituyendo un poderoso torrencial de significados y signos.


Nos enfrentamos a una aguzada sensibilidad autoral que capta aspectos vivenciales y anecdóticos específicos que otros parecen integrar por rutinas o de manera inconsciente a lo cotidiano. Lara es la exuberancia de una fuerza creativa sin límites que puede expresarse a partir de nuevas tonalidades y texturas (Abstractos I y II), una notable metamorfosis en lo referente a lo abstracto y lo geométrico (Me Too).


También frecuenta las marcas autorreferenciales sobre el fondo policromático y politáctil de manchas, protuberancias y grietas sobre las telas (Rojo plateado).


Paseo por el Templo es un cuadro que contiene tanto lo tangible como lo intangible que forma parte de cada una de las piezas. En él laten otros seres y otras herencias sustraídas de la existencia lineal para representar el diálogo con obras precedentes y colocarse en cierta tribuna expresiva totalmente diferente. La pieza adquiere matices extraordinarios y varios niveles o gradaciones donde lo ritmos expresivos succionan indefectiblemente la mirada.



Hay piezas con ensambles en madera de un acento marcadamente cinético que expresan un discurso signado por la disposición en el espacio y su relación con otras que complementan el sentido de movilidad y comunicación intrínseca.

Quien mira estos conjuntos de “altorrelieves” sabe que se asoma a lo oscuro, a lo insondable del carácter rotundo y fértil de los conflictos humanos. En especial, descubre que la verdad salva las apariencias, que obras como estas logran salirse de ese gran trampantojo que es la pintura retiniana y que solo de ese modo podremos explicarnos mejor la realidad y los fenómenos que la constituyen (Ensamblajes en negro).



La materialidad de las formas es otro código en la cohesión de los contenidos. Lara participa del ambiente. Es un ser anhelante, curioso, que desea palparlo todo, comprobar con la yema de los dedos nuestro horizonte promisorio y lo que puede extraer de él. De su serie Invitro del año 2008, trae a Arborescencias las piezas Archipiélagos síquicos I y II. En ellos el chorreado del óleo advierte sobre el dominio de una marcada expresión abstracta.




Sus esculturas surgieron a partir de una serie de inquietudes conceptuales y estéticas alrededor del año 2003. Combinaba lo rígido y lo fijo, en contraposición a lo móvil y dinámico. Lo fino y ligero ante lo grueso, sólido y concreto. Es el principio de los contrastes integrado a la vez en un mismo objeto, como la vulnerabilidad de la madera en el hierro (A es B, es C, es D) o la tela tensada, rasgada y apretada sobre hierro (La Caída).



La combinación de los elementos opuestos siempre genera interés, provee sentido y orden, y como el flujo inmediato que surge entre los polos magnéticos, crea una tensión en equilibrio.

Toda muta en Jesús Lara. Hay progreso visible. Interconexión de variantes estéticas y morfológicas que aportan una sensación siempre germinal, la idea de obra viva, fecunda. Las cerámicas, por su parte, son una forma de ensayar, de embarrarse las manos, darle forma a un espectáculo mental que termina ritualizando la exposición.

Arborescencias reúne tantos lenguajes artísticos como múltiple es la naturaleza de Jesús Lara Sotelo, que desdibuja las coordenadas y fronteras, desarticula binomios y se traza su propia cartografía artística. Pudiéramos hablar de esta exposición como un laboratorio de proyectos entrelazados, un work in progress que tiene que ver con flujos y afectos, con gestos, tenacidad, riesgos, meditaciones.


Más de 40 piezas integran esta exposición antológica, aderezada por la fuerza con que la escritura de 15 poemarios encadena el diálogo intergenérico. Por eso es necesario conocer el carácter poliédrico de su arte y el modo en que hilvana los procesos creativos de una manera no lineal, sino buscando el sentido de la expresión más adecuada. Entonces podremos comprender mejor la carga expresiva de estas piezas en tanto son cómplices unas de otras, se citan, se guiñan un ojo, se yuxtaponen y tienen una condición viviente que aporta una visión de paisaje sin fin.

Paisaje, porque urge comprender que somos parte de un entorno y que nuestras acciones afectan y son afectadas por este, porque vivimos en un gran bosque de confusión, y esa “cantidad hechizada” nos conmueve, porque habitamos en modo de interespecies, y la red de vida en la que existimos es compleja, adversa. Arborescencias remite al paisaje más íntimo de cada ser humano: la oportunidad de enfocar nuestra existencia y de entender cada día la energía legítima que nos constituye como seres humanos.
Una de las peculiaridades de Arborescencias, fue la participación del maestro orfebre Jorge Tabares (La Habana, 1964) como artista invitado. Su destreza en el milenario oficio se extiende a una variedad de materiales, técnicas y diseños que le han ganado un lugar importante en museos, instituciones y eventos de diferentes partes del mundo. Su trabajo, que supera las tres décadas, es expresión de una exquisita factura y destreza manual en la creación de humidores, joyerías y esculturas de diverso tipo.

Precisamente con la escultura de metal, Pájaro, hace visibles temas que le atraen y que incorpora a sus códigos visuales, como los motivos de la fauna terrestre cubana. En sintonía con las esculturas de Lara Sotelo en Arborescencias, vemos a ambos artistas preocupados por las urgencias de la vida contemporánea, y cómo estas se convierten en estímulos para sus concepciones personalísimas. El pájaro, casi mecánico y automatizado, se expande como ondas a otras capas de la realidad donde lo natural es alcanzado por el imperio tecnológico. El concepto de la forma llega a ser un puente en Tabares para discursar sobre la vida, sus conflictos y desgarraduras por encima de quienes definen el destino de nuestra época. Este es el modo en que ambos artífices se comunican con el mundo, desde la inquietud creativa que nace de una calma profunda, permeada por el detalle, la mirada sensible y la reflexión.







